Contexto

Cada domingo y cada día la Palabra de Dios nos interpela de una manera especial. Hoy, al celebrar el domingo de la Palabra en este tercer domingo del Tiempo durante el año, notamos, como el domingo pasado, que en ella el Señor sale a nuestro encuentro, seamos un jovencito dócil como Samuel (1ª lectura del domingo pasado) o un profeta, algo rebelde como Jonás, que al fin de cuentas obedeció a Dios (Jon 3,1-5.10); sea que estamos ávidos de que Dios nos muestre sus caminos (Sal 24) o dispuestos a hacer su voluntad (Sal 39, domingo pasado) y que estemos dispuestos a seguir al Señor, como los primeros discípulos, como escuchamos el domingo pasado y hoy (Mc 1,14-20). La respuesta a la Palabra de Dios se manifiesta en un estilo de vida distinto que se refleja en todo nuestro ser, tanto en la manera de entender y vivir la corporeidad o sexualidad, como veíamos el domingo pasado, y la manera de usar los bienes y relacionarnos con el mundo, como lo expresa hoy S. Pablo (1Cor 7,29-31).

Reflexionemos

Dios envía a los ninivitas un mensaje a través del profeta Jonás, el cual escuchan y se convierten. Si es llamativa la apertura y conversión de los ninivitas, que por ser paganos, no merecían esa oportunidad, según parecía pensar Jonás (cf.Jon 4, 8-11), más interesante es la conversión de Jonás. El pasaje que leemos hoy es muy escueto y no nos presenta toda la lucha entre Dios y Jonás, que inicialmente no quería ir a cumplir esa misión. El ejemplo de Jonás, en este domingo de la Palabra, es importante para que caigamos en cuenta de que nosotros antes de predicar o enseñar algo sobre la Palabra de Dios, debemos ser los primeros en sentirnos interpelados por ella, de lo contrario nos convertimos en simples megáfonos o metales que resuenan (cf. 1 Cor 13,1). No podemos ser la fría fibra óptica o señal de wifi por la que se trasmite el mensaje de la salvación, pero no nos sentimos tocados por él. El pregonero de la Palabra debe ser el primero en ser trasformado por ella. Aquí hay un peligro del que nos debemos vacunar, por usar una expresión muy actual.

La espada de la Palabra (cf. Heb 4,12) que penetró a Jonás, también tumbó al Apóstol Pablo (cf. Hch 9,4), cuya conversión celebraremos mañana. Su conversión y constante penetración del Evangelio de Cristo le hace cambiar de mentalidad en muchas cosas y eso nos lo trasmite en sus escritos. Así debemos entender tanto lo que nos decía la semana pasada sobre la concepción cristiana del cuerpo y hoy sobre la manera de usar las cosas en nuestra vida. Tal vez sus palabras nos parecen muy secas, pero debemos entenderlas el contexto de una nueva óptica de vida.

Tanto el domingo pasado como hoy Jesús, que comienza su prédica sobre el Reino de Dios, va llamando discípulos de entre los cuales están sus futuros apóstoles.

A modo de conclusión  

Al llegar casi al fin del octavario de oración por la unidad de los cristianos, el sentido de este domingo de la Palabra y el mensaje propio de las lecturas de este ciclo B, nos interpela una vez más sobre la unidad de los cristianos. ¿Somos oidores rebeldes o indiferentes o dóciles de la Palabra? ¿La proclamamos y predicamos sólo para los demás o nos la aplicamos a nosotros también?  Sin duda si nos la aplicáramos y fuéramos dóciles a ella, la unidad de los cristianos, así como muchas otras cosas en la Iglesia y la sociedad, estarían más cerca de cumplirse.

Escuchar la Palabra de Dios y seguirla es un reto. Podemos ser sordos o cumplidores de a ella (cf. St 1, 22s), en nuestras manos está.

 

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

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