Llueve sobre mojado

La familia, esa institución de gran envergadura humana y social, enfrenta la disolución y la arbitrariedad que se filtra en su identidad básica. Cobijados bajo un mismo techo se dan cita los amores del corazón, que son los hijos y los padres que palpan los vendavales que se arremolinan en las inquietudes juveniles. Los rasgos de unos y otros crean equidistancias, se aíslan, se marchitan tras el poco contacto con los ideales de nobleza, solidaridad y actitudes generosas que son base de gran importancia.

Los nuevos retoños, ávidos de la técnica y los medios de comunicación social, son parcos escurridizos, de pie ligero para llegarse a los pares, no así para el diálogo hogareño. La madre y el padre y hasta los abuelos, se esmeran por abrir el corazón, mientras ellos se mantienen rígidos, en un mundo sin deferencias, ni hábitos sutiles para demostrar los sentimientos; falta la alegría de estar unidos, de formar un núcleo con características propias y gran sentido de lealtad.

El hogar, base y sostén de la familia es vilipendiado por los de cerca y los de lejos. La exaltación del libertinaje, el individualismo como refugio y el creerse prestidigitadores de la realidad, forman un todo de prepotencia. La mentalidad con vías de interlocución con todo lo que acontece, se afianza en aquello que es placentero versus lo incómodo y difícil de la rutina diaria.

Sin familia se pierde la colindancia del amor, y la justicia y el aliento curativo escasean. La cobija honesta y razonable disminuye sin ternura y compasión y se crean los vacíos sicológicos. A través de una adhesión sana y buena, los hijos y padres crecen en la virtud del perdón y la reconciliación. Así se aprende a tolerar a los demás, a abrir la suavidad del espíritu para la comunicación y el diálogo.

Hay una especie de conspiración contra ese núcleo vivo que provee luz para los suyos. Es común observar la pretensión de exigir lo más mínimo a las familias que viven a la vera del camino obligándolos a dispersar a los pequeños por aquello de no cumplir con los requisitos establecidos. Desorientar a los que Dios unió es contribuir a las enfermedades mentales tan rutinarias en nuestra sociedad.

Ahora que las familias se arrinconan en el anonadamiento del Supremo Tribunal, sería bueno abrazarse en sus porqués significativos. Padres e hijos, liberados por el cariño y el amor, no pueden naufragar en sus convicciones, sino que deben extasiarse en el jardín de la belleza única y decir amén a la ruta de los que se inmolan en el abrazo santo.

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