Hace unos días un joven me cuestionó: “Usted afirma que Jesucristo es Rey. Explíqueme, por favor ¿en qué consiste su ‘poder’?”. En ese momento recordé unas palabras del Papa emérito Benedicto XVI y le respondí:

“No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa.

Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino ‘para dar testimonio de la verdad’ (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su ‘bandera’, según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola.

Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que solo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio”.

Tener a Jesucristo como Rey implica asumir su estilo de vida sencillo, humilde, acogedor, itinerante. Es ser sembrador de la esperanza, de alegría y de paz. Es sobre todo abrirse a la vida sirviendo de una manera especial a los más pobres y necesitados, es testimoniar con pequeñas acciones que nuestra fraternidad está más allá de la carne y de la sangre. Es hacer presente el Reino de Dios a través de una vida fundamentada en la justicia, la libertad, la verdad y a paz. ¿Estás de acuerdo? Si es así, tienes a Jesucristo como Rey.

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