Alabado sea Jesucristo que es el mismo ayer, hoy y siempre.

Queridos hermanos y hermanas inicio mis palabras citando al Papa Benedicto XVI; “Los santos son personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse. Así nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. Los santos han sido verdaderos reformadores. Sólo de los santos, sólo de Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos sino el amor?” BENEDICTO XVI, Discurso en la Vigilia de oración Colonia, 20.8.2005

¿Quién fue Carlos Manuel? Un hombre sencillo, afable, nacido en nuestra ciudad de Caguas que se tomó en serio su Bautismo. Un hombre que compartió su vida de fe aquí en nuestra catedral y que supo entender que “La santidad no es una especialización: que la santidad, es la vida cristiana, toda la vida, todas las vibraciones del alma, todos los instantes de una existencia dignificada por la gracia de Cristo”. La santidad no es la negación de la vida humana. Los santos han sido reyes, artesanos, predicadores, médicos, curas, pintores, poetas…, y es por eso, que afirmaba con valentía que “La salvación del mundo depende del santo que yo llegue a ser”.

Atrevidamente (como sólo lo hacen los santos) Carlos Manuel nos invita a vivir nuestra vocación a la santidad allí donde Dios nos ha plantado, en nuestra realidad de cada día, en las cosas ordinarias, sencillas que no tienen mucho brillo, Él nos reta a ser “fermento cristiano en todas las esferas de la vida: literatura, arte, educación, sociedad, estado. Nos recuerda que los “santos, las santas no han sido personas sin ánimo, sin sangre en las venas, sin impulsos fuertes, sin lucha”. Sino hombres y mujeres de carne y hueso que tienen pasión, fuego en el corazón. Por eso afirmaba, que “la pasión ni es buena ni es mala; eso dependerá de ti.” No olvidemos que “los santos, que las santas fueron casi siempre personas con grandes pasiones; pero que estaban impregnados de amor. Porque el que nunca ha amado, no puede ser bueno. “El mejor apostolado, decía él. es siempre el ejemplo de vida, y hay que tener cuidado porque el que piensa que ha llegado a la perfección se pone en un alto para caer”.

Carlos Manuel estaba convencido de que “la vida católica lo incluye todo, con excepción del pecado y el error, según la frase del Papa Pío XII. Todo queda integrado, transformado, y elevado por la Gracia” (Carta a Mandolín). Afirmaba que un cristiano no puede contentarse con lo bueno. Siempre debe procurar lo mejor: “ser perfecto como el Padre es perfecto”. Para él esa perfección no era algo que el hombre podía alcanzar por esfuerzo propio, sino algo que Dios podía y quería realizar en todos los hombres y mujeres, si estos no ponían obstáculos a su gracia.

Todos podemos llegar a la perfección porque Cristo muerto y resucitado vive entre nosotros y en nosotros para hacernos llegar a una plenitud de vida divina. Eso creía y eso trataba de inculcar en los demás nuestro Beato: porque así como Cristo asume nuestro pecado como propio, así también se hace responsable de nuestro proceso de santificación. Nuestra meta es la resurrección. Esa es la razón de ser de nuestra existencia. Para eso vivió nuestro Beato y eso trató de inculcar en los demás.

Su vida era Cristo y su única razón de ser conocerle, amarle y anunciarlo a los demás. Para Carlos Manuel evangelizar era anunciar a todos el gozo de la salvación en Cristo muerto y resucitado. De ahí su célebre frase “Vivimos para esa noche”. Porque la Pascua nos da la vida.

Carlos Manuel vivió enamorado de Cristo Resucitado siempre presente y gastó su vida entera en amarle y hacerle amar. Sólo otro enamorado podría entender bien su vida. Por eso, el Beato Papa Juan Pablo II, el día de la beatificación de Carlos Manuel, pudo exclamar en la homilía que “La experiencia del misterio pascual hace nuevas todas las cosas, pues como cantamos en el Pregón pascual: ”Ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes”. Este espíritu animó toda la existencia de Carlos Manuel Rodríguez Santiago, primer puertorriqueño elevado a la gloria de los altares. El nuevo beato, iluminado por la fe en la resurrección, compartía con todos el profundo significado del misterio pascual repitiendo frecuentemente: “Vivimos para esa noche”, la de Pascua. Su fecundo y generoso apostolado consistió principalmente en esforzarse para que la Iglesia en Puerto Rico cobrara conciencia de este gran acontecimiento de nuestra salvación”.

Carlos Manuel Rodríguez puso de relieve la llamada universal a la santidad para todos los cristianos y la importancia de que cada bautizado responda a ella de manera consciente y responsable.”

Al celebrar los 50 años de su Pascua les animo queridos hermanos y hermanas a no temer miedo de lanzarnos como Carlos Manuel a vivir con intensidad nuestra fe en Cristo muerto y resucitado, dando lo mejor de nosotros, conscientes de que en la medida en que vivimos nuestro Bautismo construimos en el aquí y el ahora de nuestra historia el Reino de Dios. Que su ejemplo nos anime. “Que su ejemplo ayude a toda la Iglesia de Puerto Rico a ser fiel, viviendo con firme coherencia los valores y los principios cristianos recibidos en la evangelización de la isla.” Porque “Sólo hay una tristeza, y es la de no ser santos.”

“Alabado sea Jesucristo, que es el mismo ayer hoy y siempre.”

+P. Rubén Antonio González Medina, cmf, Obispo de la Diócesis de Caguas

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