La frase parece usual pero esta vez viene respaldada por las lágrimas de una madre. Los tres jóvenes muertos en el parque de Caguas son la prueba más contundente de esa aseveración. A temprana edad, a través del rigor de las balas, estos muchachos cayeron a manos de un delincuente confundido con un deambulante. En un parque que fue deleite para muchos y hoy es campo tapiado, los arriesgados de la edad juvenil dijeron adiós al País que ha fallado en suplir de salud, respeto y buena conducta a sus hijos.

Es que se vive en la intemperie del amor, de la virtud, y la convivencia adecuada. Se ha creado una sociedad carente de convicciones fraternales, del más listo, del que más sabe del malabarismo económico. Y esa enseñanza fatula se origina desde los diplomados hasta los que dejan la escuela a temprana edad. Todos ambicionan un pedazo del bizcocho que engorda el cuerpo y debilita el alma.

Desde el gobierno y sus ahijados hasta los hijos de la pobreza, todos se deslumbran por declararse liberados de las ataduras del trabajo duro, de la tarea honesta, del amor al País. Se prefiere el yo gozo de cabal salud junto a los míos, a yo hago lo mejor por Puerto Rico. Es decir que nuestra Isla siempre está a merced de los de afuera y de los de adentro, del ofrecimiento en bandeja de plata a cualquier postor que llega con un caballo de Troya para dejar una huella de desolación y llanto.

Seguirá la infamia haciendo su recorrido por calles y parques y padres y madres llorando ante la muerte de sus hijos. La mente enfermiza y el corazón traspasado presagia una pandemia de marca mayor porque la fe se ha diluido en cosas de poca monta, el sentido fraternal languidece, los matrimonios viven atados a caprichos y a miedos causados por la vaciedad de los conceptos erróneos.

Los que se amparan en la gentil complacencia de “aquel me dijo” se estrellan contra la realidad y la vedad. Se fabrican castillos en el aire y se inmolan filosofías de todos los calibres. Siempre penden de la última palabra que le dijo el Maracachinbe de la sabiduría. Jamás se recurre a la sabiduría ancestral de unos padres que dieron el todo por el todo, rompieron las cadenas de la pobreza y del café negro y puya.

Cada día se hace más difícil abordar los mares de la problemática isleña porque la falta de diálogo y de respeto a la verdad está orillada, maltrecha por la zambumbia de la política, del fanatismo religioso, del amor por el dinero. Tanto las autoridades locales como las federales contribuyen a edificar paraísos artificiales, bunkers de ambición y locura.

La contundencia de la frase que da vida a este escrito representa una llamada a la perseverancia en el bien, a trabajar por el País con amor y sentido fraternal. Sin una conversión que transforme el corazón, seguiremos entre lágrimas, echando de menos el día de la conversión fraternal, el día del amor cristiano.

P. Efraín Zabala

Editor

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