Nuestros estudiantes han vivido en carne propia los estragos de la pandemia. En familia, a veces en precariedad, han visto pasar el tiempo que se lleva parte de los anhelos y alegrías de los que viven con el anhelo de tocar una estrella y dominar la tierra desde la ilusión primordial. El estruendo interior de los días recién estrenados ha sido limitado por normas, por limitaciones, por la fuerza de la ley.

La pandemia es de por si un aprendizaje, es la otra cara de la moneda. Se acostumbra a educar desde la apacible mirada, desde las conveniencias sociales sin hacer constancia de que el hueso duro también existe, de que la vida no es un mar plácido, sino una lucha sin tregua. La mentalidad de que todo está bien si lo bursátil domina el ambiente, es una forma alienante, caótica.

La educación hogareña y la escolar deben marchar por los rieles del éxito-fracaso, de la alegría-tristeza, de la salud-enfermedad. Ese menú ingenuo y constatado por los hombres y mujeres de todas las latitudes está de frente como una cátedra única, como una visión curativa. Llevar a nuestros niños y jóvenes a mantener izada la bandera del entusiasmo es tarea de los padres y maestros.

Resulta ingenuo pensar que hay que esconder o endulzar los momentos álgidos para que los muchachos no se frustren. Así las penurias del hogar son guardadas bajo llave para que los jóvenes y niños no se afecten sicológicamente y vean la vida de color de rosa. Atarse a lo poco para que las nuevas generaciones tengan mucho o demasiado, corrompe el amor hogareño, revierte la bondad y la misericordia.

Educar es entender la vida desde todos los ángulos sin crear espejismos momentáneos o duraderos. No se vive en el cielo de eterna felicidad, sino en la tierra con sus sinsabores y contradicciones al por mayor. Falta a la justicia la enseñanza de caprichos y de pasarlo bien a toda hora. La lección de todo ser humano es mi hermano, abre el panorama para el deleite fraternal y así se aleja la competencia desmedida y la soledad realenga.

Si durante la pandemia los alumnos se hicieran buenos samaritanos y dulces Verónicas, la lección fue vivida y digerida. Ha sido una forma de compartir, de ayudar, de dar la mano que es buen aperitivo para comenzar las clases presenciales. De nada vale la escuela si a la hora de decir presente surgen los negativismos y la huida de la realidad.

Se aprende dando la mano, compartiendo los años jóvenes con los adultos, ayudando al anciano. La juventud no se hizo para el deleite sino para el entusiasmo y abrir paso a la voluntad de servicio. Esa experiencia de meses de aislamiento revierte en vitalidad para saber que la vida nos da sorpresas, que es preciso estudiar y prepararse para afrontar los males que llegan a la escena vivencial.

Ojaló que la clase magna de la pandemia haya penetrado y nos haya enseñado el deleite de ayudar, amar y bendecir.

P. Efraín Zabala

Editor

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