Una sociedad como en la que convivimos tú y yo nos ofrece cada día una gama de ofertas, como dirían las mismas, tentadoras. Van creando en torno a todos un sentido de que siempre nos falta algo, que tenemos que ponernos al día para estar a tono con la sociedad en la que vivimos. Claro está, lo que nos recuerda que vivimos en una sociedad de consumo donde el capital se mueve a través del consumo. O lo que es lo mismo, a mayor consumo, mayores ganancias para las grandes empresas, que son en definitiva, las que se llevan el mayor provecho de esto. Por eso las campañas publicitarias nos bombardean creando en nuestras mentes falsas necesidades que, a la vez provocan grandes ansiedades en nuestro pueblo. Y esto es así porque nos hacen sentir menos personas si no tenemos el carro del año, el aparato tecnológico del momento, la ropa de moda, en fin, disponen de nosotros como quieren de manera que cedamos ante sus caprichos. Hoy por tanto la pregunta necesaria es: ¿Dónde ponemos nuestra confianza y fidelidad los cristianos: en Dios o en el poder del dinero?

La Primera Lectura nos presenta el inicio del segundo cántico del Siervo, que se desarrolla en un marco de pesadumbre por la desolación en que vive Israel, producto del destierro. Ante esa angustiosa situación se presenta una queja: ¿se ha olvidado el Señor de su pueblo? El profeta nos presenta una respuesta solidaria pero a la vez enternecedora de parte de Dios: ¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? En el caso de que esto ocurra el Señor jamás se olvidará de su pueblo.

El Salmo expresa aquí una plena confianza en el Dios único, verdadero centro de vida para el salmista, incomprendido y hostilizado por doquier. Esta bella composición poética, en la que se exhorta al pueblo a poner su confianza no en las riquezas ni en los medios terrenos, sino solo en Dios, fuente de justicia y de poder. En medio de las dificultades que vamos encontrando en el caminar de la vida, solo queda la esperanza de la protección de Yahvé. Nos recuerda que en Él encuentra reposo, ya que tiene la experiencia de haberle liberado de situaciones más comprometedoras. Unido a Yahvé, se siente como en una roca o alcázar inaccesible, desde la que puede desafiar todos los injustos ataques de sus adversarios; por eso no vacilará un momento, pues tiene el pie en lugar seguro.

La Segunda Lectura recoge la respuesta de Pablo dirigida a una situación acaecida en Corinto. Unos de Pablo, otros de Apolo, en fin ante una aparición de diversos grupos seguidores de uno u otro que crea claras fricciones entre los cristianos. Pablo reacciona señalando: que la gente vea en nosotros administradores de la gracia de Dios. Y recuerda que lo importante de un administrador es la fidelidad. Por eso se siente tranquilo, su conciencia está en paz y solo espera que quien emita juicio sobre sus actos sea Dios, en quién pone su confianza: “Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios”.

La lectura del Evangelio retoma el tema de la fidelidad, a la que alude Pablo en la lectura de hoy, diciéndonos que nadie puede servir a dos amos porque no se podrá ser fiel; no se puede dividir el corazón. Inmediatamente define los amos: Dios y el dinero. Toca un tema medular, tanto para su tiempo como para el nuestro. Jesús inmediatamente señala cuál es el efecto de poner el corazón en el dinero: el agobio que este causa. Y propone ejemplos muy constatables para sus oyentes: ¿la hermosura de las flores del campo pueden ser superadas por algún vestido humano? o, ¿alguien puede con todo el dinero del mundo detener la muerte cuando llega el momento de esta?

Con esta contundente expresión pone Jesús el acento en la vocal y nos invita a descubrir que la grandeza de lo dado por Él no es comparable con lo que nos ofrece el dinero. El agobio al que hace referencia lo vemos mostrado cada día en los miles de seres humanos que viven en la angustia, no en pensar cómo comprarán víveres o pagarán sus facturas de luz y agua, sino en las superficialidades de carros de lujo, casas que superan sus ingresos, vestidos para demostrar a los demás que soy una persona “de dinero”. Ese es el agobio que causa poner el corazón en el dios dinero y que desvía en casi todos los seres humanos el corazón de lo que debe ser nuestro centro: la confianza en la providencia y misericordia de Dios. Esto vivido con profundidad y radicalidad nos alejará del agobio al que nos llevan las superficialidades; y así nos hará reafirmarnos en la auténtica jerarquía de valores propuesta por el Evangelio.

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