El apóstol Santiago manifiesta que el verdadero culto a Dios consiste en dar la mano a los marginados y guardarse de este mundo corrompido. Es una actitud fundamental de la que depende la salvación eterna, el habitar en la casa de Dios. Andar con paso firme y disposición de amar forman un todo delante de Dios, y requieren de valoración diaria.

     El mandamiento principal es tajante, no admite otras consideraciones de índole legal o de subterfugios que dañen la miel de hacer el bien. Sobre el sí a Dios se especifica la preocupación diaria de amar y hacer justicia, de dar la mano al caído, de abrir la puerta al herido. La parábola del Buen Samaritano queda como una enseñanza categórica, como una lección de vida que no se puede archivar, ni echar en saco roto.

     La vigencia del amor al prójimo satura de luz los ambientes cristianos en donde el abrazo fraternal debería ser la norma y la motivación. No hay época definida para hacer el bien, ni fervores económicos que marquen el paso. Cada instante cuenta, cada lágrima debe ser enjugada por manos piadosas, por la generosidad con mayúscula. Posponer el momento decisivo de dar la mano para otra ocasión es promover la indiferencia, echar al olvido la regla viva del Evangelio. 

     En toda circunstancia la identidad cristiana debe prevalecer sobre el andamiaje de consideraciones puramente humanas. Archivar el momento de necesidad para otra ocasión es fomentar la muerte con sus razones, con su legalismo, con su aspereza burocrática. Se arriesga el cristiano a perder su autenticidad cuando siempre tiene una justificación a flor de piel para mantenerse al borde de la situación.

     La identidad de hijos de Dios marca la ruta a seguir en íntima armonía con el Señor Resucitado. La fe debilitada observa de lejos, tergiversa el proceso de dar un vaso de agua y justifica toda acción con el consabido sonsonete de “pedir es su costumbre”.  Se pierde el sentido básico de dar y se cae en la conversación frívola, en el juicio que entorpece la mente y  el corazón.

     Ser fiel seguidor del Señor Jesús implica un seguimiento, una mirada de piedad y misericordia. El legalismo y la mirada torpe corroen las relaciones fraternales. Ya no importa al que tengo al lado, sino al que es de los míos, como si tratara de seleccionados y  predestinados. Se hacen favores dependiendo se estas en la lista única, si responde a las categorías humanas de amiguismo y seguidores de personas.

     Además de dar la mano al prójimo, es necesario asimilarse al Dios justo y misericordioso porque de su poderío amoroso fluye todo amor para el prójimo. Mientras más cerca de Dios y de sus mandatos, más cerca estamos del prójimo. El rio de la misericordia arrastra piedad, bondad, solicitud social. 

     La verdadera religión está expuesta como bandera de grandes proporciones que ondea  sobre los cristianos. Amar es la ruta divina, un llamado a hacer el bien, a calmar al dolor, a elevarse en justicia y amor.   

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante

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