Hechas las gestiones a principios de febrero de 1896 con el P. General de la Orden, Sebastián Martinelli, y con el Provincial de Castilla, Saturnino Sánchez, consiguen el pasaje para Puerto Rico los padres José V. de Alústiza, Jaime Ferrer, Antonio Echevarría y el hermano Esteba Melchor. Llegan a San Juan el 10 de abril. Después de conectar aquí con el obispo, el agustino recoleto P. Toribio Mingela, llegan a San Germán el 15 de abril d 1896.

No habían perdido el tiempo en el duro viaje de entonces, ni van a perderlo ahora, al hacerse cargo de la casa seminario de San Sebastián. La Catequesis, la atención a los enfermos, tanto en la ciudad como en los campos, etc., no les van a dar tregua en el trabajo. A los poco meses se incorpora el P. Juan de Gorostiza, que luego será secretario de las visitas pastorales del Obispo de Puerto Rico.

El 25 de julio de 1898 la armada estadounidense entra por Guánica para apoderarse de la Isla. En San Germán, junto con los que no querían el mando español, estaban las asociaciones secretas que tampoco querían la presencia católica. Eso hizo que surgiera un temor de represión para estos sacerdotes, que tuvieron que salir de San Germán de noche, para llegar a Mayagüez en un carro de bueyes cedido por un tal Manolito. Les habían dicho que querían matarlos. Luego pudieron seguir hasta San Juan, de donde embarcaron para España el día 16 de octubre en el mismo barco que el gobernador D. Manuel Macía.

En 1901 el ahora provincial de Castilla, José V. de Alústiza, que había vivido la experiencia de San Germán, creyó que las cosas habían cambiado y que era preciso volver a intentar el regreso. Hechas las gestiones oportunas, llegan a San Germán los padres Felipe Villahoz y Pedro de Arancibia el 28 de noviembre, donde se encargan de la Parroquia como “regente” y “coadjutor”, respectivamente.

En 1903 llegan los padres Fernando Salteráin y Juan Larrínaga; en 1905 Juan Torner, Justino Blanco y el hermano fray Julián Mendía. El resultado es que ese mismo año ya están sirviendo los padres agustinos a San Germán, Lajas, El Rosario y Cabo Rojo.

El terremoto del 11 de octubre de 1918 destruyó la casa parroquial y la iglesia. Y el entonces obispo de Puerto Rico, Guillermo Jones, no se atrevió a mirar a nadie para ofrecerle la destrucción parroquial fuera de sus hermanos agustinos. El P. Fernando Salterain, Superior Provincial, acepta la encomienda “por no desairarle en un momento tan grande como se encontraba, con un montón de iglesias destruidas, […] sin dejar de comprender la difícil situación, con un pueblo pobre y con su iglesia destruida, teniendo que construir otra nueva”.

Hechos los trámites oportunos, se nombra como primer párroco al P. Pedro de Arancibia, arquitecto, técnico agrícola y dedicado apóstol, que combina todo para iniciar la construcción del nuevo templo, cuya construcción tendrá que sufrir un retraso con el huracán San Felipe (13 de octubre de 1928), pero que se inaugurará en agosto de 1936.
Sería prolijo detallar ahora todos los esmeros para actualizar el buen estado de uso del templo, de la catequesis, de la pastoral sacramental y religiosa, que, indudablemente, ha sido el fermento de la vida cristiana en la parroquia. Fruto de ello son hoy, en el plano material, la casa parroquial, las 20 capillas, el centro parroquial de Montemar y el centro de Espiritualidad, Madre de la Consolación, que es el local más espacioso de la diócesis.

Para todo ello ha contado desde 1919 con la Comunidad Agustiniana formada por dos o tres padres hasta en 1948. A partir de entonces nunca ha tenido menos de cuatro sacerdotes, que se han dedicado con generosidad a la labor apostólica, en la que se han encontrado con un pueblo dócil, fervoroso y colaborador.

En la actualidad cuenta con cinco religiosos: P. Isaías Revilla, P. Ildefonso Blanco, P. José Luis Diez Gabela, P. Carlos Cordero y P. Rafael Cepeda, que, fieles al carisma agustiniano de servicio a la Iglesia, prestan esta labor a la Parroquia desde su vida en Comunidad. Es lo que pasó desde el primer momento en que se le ocurrió a San Agustín vivir en común con sus amigos y de sus comunidades salieron sacerdotes y obispos no solo para África, sino para toda Europa. ¡Bueno! ¡Por algo estamos en Puerto Rico!

¡Dios sea bendito y su Madre amada!

(P. Isaías Sevilla, OSA)

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