El martes, 8 de agosto, nos dimos cita en el templo parroquial de Nuestra Señora del Rosario en el Poblado Rosario de San Germán, numerosos sacerdotes y fieles, para unirnos a su Acción de Gracias, en su trigésimo quinto aniversario. Presidido por Mons. Álvaro Corrada Del Río, S.J, Obispo de Mayagüez; concelebrando Mons. Iñaqui Mallona, Obispo Emérito de Arecibo, Mons. Enrique Hernández, Obispo Emérito de Caguas, 42 sacerdotes y gran número de fieles, fuimos partícipes de su gratitud y esperanza.

Fue un 5 de agosto de 1982 que P. José. A. Acabá Torres recibió el orden del presbiterado. Le ordenó sacerdote Mons. Ulises A. Casiano Vargas, primer Obispo, hoy Emérito, de la Diócesis de Mayagüez. Aquel día comenzó una aventura de servicio solidario. En su ministerio ha estado sirviendo a las comunidades de El Salvador en Hormigueros, San José Obrero del Poblado San Antonio en Aguadilla, San Juan Bautista en Maricao, San Antonio Abad en Añasco, San Miguel Arcángel en Cabo Rojo, Nuestra Señora de Lourdes en Vega Baja, San Rafael Arcángel en Quebradillas, Nuestra Señora de Monserrate en Moca, San Carlos Borromeo en Aguadilla y Santa Rosa de Lima en Rincón.

Durante muchos años fue Vicario de Pastoral Juvenil, sirviendo a los jóvenes en la diócesis, Puerto Rico e Hispanoamérica. Igualmente ha estado colaborando con el canal católico Tele Oro y el semanario El Visitante.

Compartimos esta reflexión homilética con ocasión de su aniversario.

El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús. Celebramos con gozo que tu vida sacerdotal, hermano José Acabá, ha sido y es expresión del amor compasivo de Jesús, Buen Pastor por su pueblo, por su gente. Fuiste elegido, llamado. Fuiste ordenado un día después de celebrar la fiesta del Santo Cura de Ars, modelo ejemplarizante de todo sacerdocio.

El Señor se fijó en ti, te llamó igual que al profeta desde  el seno materno, antes que nacieras te había consagrado y nombrado a ser profeta entre las gentes. Con seguridad igual que el profeta sentiste que te desbordaba la misión, pero como él te confiaste a su designio misericordioso.

San Pedro, el primero entre los iguales, se identifica como presbítero, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que ha de manifestarse. Nos exhorta a ser pastores del rebaño, gobernándolo con serenidad y amor, siendo generoso en la donación y la entrega. Recuerdo vivamente que en tu ordenación y la mía nos expresaba el entonces Obispo Mons. Ulises Casiano, el tiempo libre del sacerdote comienza cuando los fieles no nos necesitan y los fieles nos necesitan siempre.

Enviado como los 72, a ser obrero de la mies, en medio también de dificultades y tensiones, has sido pregonero de esperanza y de ilusión. Con la fuerza de la Palabra de Dios y de la eficacia salvadora de los sacramentos.

Tu sacerdocio ha sido lucha constante por ofrecer la vida de la gracia, la riqueza de la amistad con el Dios providente y Padre.

Hoy con el salmista entonamos un himno de gratitud y alabanza. Cómo pagaré al Señor por todo el bien que me ha hecho, alzaré la copa de la salvación invocando su nombre. Te ofreceré un sacrificio de alabanza. Tu vida es sacrificio de alabanza.

El sacerdote está unido al sacrificio que ofrece, sobre todo el sacrificio eucarístico. Cada vez que has levantado a Jesucristo Pan de Vida y el cáliz salvífico has pronunciado, como aprendimos en la ciencia sagrada, la ipsisima verba Iesu. Este es mi Cuerpo que se entrega, esta es mi Sangre que se derrama.

Gracias por tus 35 años de servicio ministerial, en sus luchas, esperanzas, vicisitudes y gozos. Gracias por acompañar el caminar de esta tu tierra, tu patria, asediada por tantos Egiptos que la han querido esclavizar y encadenar.

No has cejado en tu esfuerzo de ser carne entregada y sangre derramada por amor. En cada comunidad parroquial has sido enmbelequero, iniciando modos novedosos de evangelización y celebración, para hacer inteligible, cercano y eficaz el misterio para nuestra gente.

Vivimos en nuestra historia formativa y sacerdotal momentos de gozo, esperanza, también de alta tensión y dolor. Aún disfruto el recuerdo de cuando cantábamos una misa de ordenación y el director del coro te dijo: “Acabá, para ser músico cómo desentonas, cuando en realidad era yo el desentonado”. Gocé aquella ocurrencia tuya en un retiro en el seminario, al decirnos el director de ejercicios en la liturgia que repitiésemos la frase que más nos calaba, solo a ti se te ocurrió repetir: “Eres el más bello de los hombres, en tus labios se derrama la gracias”. Fuimos igualmente testigos desde un golpe de estado hasta las anécdotas típicas de nuestro ejercicio ministerial.

Nuestro anhelo es seguir siendo carne entregada y sangre derramada por amor, con Cristo, como Cristo y en Cristo. Como aquel hermoso cuadro que contemplábamos en el hogar de la recordada familia Doncel de Badajoz, aspiramos a entregar nuestra vida a Jesús con el amén. El amén de María en el Calvario, el amén de Jesús en el huerto. Que tu vida, la mía y toda vida sacerdotal sea un hágase en mí lo que tú quieras, porque sé que me amas. Ahora en el altar renovamos nuestro amén y nuestro querer ser carne entregada y sangre derramada por amor.

(Padre Edgardo Acosta Ocasio )

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here