(Mensaje durante vigilia por auditoría de deuda pública Plaza Colón en el Viejo San Juan)

Roberto Octavio González Nieves, O.F.M. 

Arzobispo Metropolitano de San Juan 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy abrimos nuestros labios, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, Ana, Esther y María y otros tantos para interceder ante Dios por un pueblo sufrido, desesperado, desconsolado, amenazado y aterrorizado por muchos males sociales (desempleo, emigración, envejecimiento de la población, criminalidad) y una severa crisis económica: recesión, déficit presupuestario, insuficiencia en los recaudos y un endeudamiento tal que resulta impagable.

Estamos aquí para hablarle a nuestro líder. Un líder en quien muchos de nosotros y nosotras confiamos, otros no necesariamente; otros lo pensamos con otros nombres, o con epítetos y todos, personas de buena voluntad e increyentes, hemos oído hablar de él. Ese líder no es político, no es partidista, no es ideológico, es líder espiritual.

Ese líder, Jesús, nos ha dicho: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas;  porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11, 28-30).

Hoy Puerto Rico siente sobre sí un pesado yugo. Siente la fatiga, el cansancio, el desánimo, colaterales asfixiantes de una deuda pública impagable. Las causas de esta deuda nuestra, que por lo general son las de todos los países también endeudados se deben a múltiples factores externos (especulación financiera, neocolonialismo económico, colonianismo político) e internos (corrupción, mala gestión del dinero público, utilización distorsionada de los préstamos recibidos, irresponsabilidad administrativa, de gobernantes de turno con la mentalidad del que venga atrás que arree).

Sin embargo, hoy no venimos aquí a culpar, sino a orar, a suplicar, a implorar por soluciones éticas, morales, justas, pacíficas, legítimas y transparentes. Como pueblo responsable, Puerto Rico no debe desentenderse de su deuda, somos gente buena. Es por ello que fundamentados en lo anterior, “es necesario encontrar los caminos para no comprometer el ‘derecho fundamental de los pueblos a la subsistencia y al progreso’” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, n. 450).

¿Cuáles son esos caminos fundamentales para no comprometer el derecho fundamental de Puerto Rico a su subsistencia, a proteger a sus pobres y vulnerables, a evitar caer o ahondar más en una crisis humanitaria? Definitivamente no podemos optar por el camino de más impuestos a los más vulnerables, por el camino del despido masivo de empleados, por el camino de afectar a nuestros ancianos pobres o limitar el acceso de nuestros universitarios a una educación de excelencia.

En la Coalición Ecuménica e Interreligiosa propusimos un camino que permitiría condonar gran parte de nuestras deudas. Ese camino, aún insistimos en él ante nuestros bonistas acreedores, el camino del jubileo, es un camino que hunde sus raíces en la Biblia: el jubileo.

En la Biblia, el jubileo era un tiempo en el que toda la comunidad debía comprometerse para devolver a las relaciones humanas la armonía original que Dios había dado a su creación y que el pecado humano había destruido. Era un tiempo para recordar que el mundo que compartimos no nos pertenece, sino que es don del amor de Dios. Los seres humanos somos únicamente administradores del plan de Dios. Durante el jubileo, se debían eliminar las cargas que oprimían y excluían a los miembros más débiles de la sociedad, para que todos pudieran compartir la esperanza de un nuevo comienzo en armonía, según el designio de Dios.

El mundo actual necesita una experiencia jubilar. Numerosos hombres, mujeres y niños no pueden aprovechar el potencial que Dios les ha dado. En todo el mundo, a pesar del enorme progreso científico y tecnológico, abundan la pobreza y grandes desigualdades. Muy a menudo, los frutos del progreso científico, más que ponerse al servicio de toda la comunidad humana, se distribuyen de tal modo que en realidad aumentan, o incluso se vuelven permanentes, las injustas desigualdades. (Mensaje de Juan Pablo II a Jubilee 2000, Debt Campaign, Vaticano, 23 de septiembre de 1999).

Este jubileo lo vemos como una respuesta moral a las exigencias del bien común. El bien común, el bien de las personas su derecho a una educación y salud deben ser la gran hipoteca social que los gobiernos nunca deben olvidar.

Además del jubileo, proponemos como un plan de reducción de deuda, la auditoría de la misma. Porque reducir la deuda es reducir la pobreza, es reducir el hambre y la ansiedad de un pueblo. La auditoría de la deuda no debe ser considerada como una mala palabra o un tabú. Ni como un discurso de la oposición política, sino como una exigencia del principio de la transparencia, de pagar lo que es justo, de pagar lo que es debido, de pagar lo que en derecho corresponde. Una auditoría de la deuda es un acto de administración en beneficio no solo del gobierno sino de sus ciudadanos. Auditar la deuda debe ser parte del tan necesario programa de la reducción de deuda; no solo la deuda se reduce pagándola, negociándola, o condonándose parcialmente, sino que auditando la misma ya que se ha demostrado, por experiencia en otras jurisdicciones que su auditoría equivale en reducción a la misma.

Ya de noche, con velas en las manos estamos en vigilia. ¿Y, por quien velamos hoy? Hoy velamos fundamentalmente por cada puertorriqueño y puertorriqueña víctima de una economía que mata, víctima de la ley del beneficio, víctima de decisiones erradas, de la indisciplina gubernamental y del capitalismo sin conciencia. Hoy velamos contra el hambre, la falta de servicios médicos, de educación, de seguridad, de empleo; hoy velamos por nuestras familias para que no se sigan dispersando, velamos por nuestros profesionales para que no abandonen en masa el patrio nido. Velamos por nuestros compatriotas atrapados en la pobreza. Y esto es así porque velar por la auditoría de la deuda es velar por el bien común de nuestra gente, especialmente nuestros más vulnerables.

También hoy vigilamos, de manera especial, para que los beneficios productos de cualquier reducción de deuda sea para ayudar a los más pobres, especialmente a tantos ancianos, madres solteras, desempleados.

También velamos en esta noche por la puesta en práctica de urgentes medidas de crecimiento económico, por la puesta en práctica de una sólida política económica donde el ser humano sea el fin y no el medio, donde la persona humana sea el beneficiado y no la víctima, donde se imponga el principio del bien común sobre el bien individual y mezquino; velamos por una economía  en pro del pueblo, no contra el pueblo.

También hoy velamos para que surjan nuevas y creativas iniciativas de diálogo y negociación encaminadas a la reducción de la deuda. El jubileo y la condonación de la deuda es bueno, la auditoría ayuda, pero  hace falta más. Por ello, también debemos encomendar a la sabiduría divina a nuestros gobernantes, a nuestros negociadores de la deuda para que consigan mejores y humanizantes acuerdos de la reducción de la deuda. El mejor acuerdo siempre será aquel que haga la carga y el yugo de nuestro pueblo más liviano.

En fin, emulando la insistencia de la viuda del Evangelio, no nos resignaremos sino que insistimos en velar por esos pobres de cuerpo y espíritu  a quienes Jesús vino a “proclamar la buena nueva” (Lc 4, 18) y que su causa nos permita crecer en la unidad como un solo pueblo y una sola patria puertorriqueña. Que el Señor les bendiga y les proteja siempre.

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