El hoy de convencimientos adheridos a una manera de ser y vivir ha quedado desolado por la pandemia Coronavirus. Atacados por todos los flancos, casi al borde de una crisis sanitaria, económica y social, se presenta la realidad con atavío desafiante, un revuelo de ideas extraídas de un final que atemoriza y desvincula socialmente.

El paso del flagelo universal ha sacudido lo más íntimo del corazón y ha desvanecido todo el acervo vecinal y amistoso. Volvimos a la soledad, a la equidistancia convenida, al coloquio con los miedos de frente. Noches calladas y largas como la esperanza del pobre colmaron la copa de los te amo desparramados en gestos, a través de las redes, en pensamientos victoriosos. Esos días de asentimientos pródigos, sacaron a escena las figuras del médico, el enfermo, los policías, los pobres y los envejecientes.

Esa dura realidad derrotó todo un contexto de “somos como dioses” tan emblemático de nuestros días. Una sola mirada global era fecunda en tristeza, dolor, lágrimas. Ya el mundo sería una pequeña aldea de quejidos y lamentos, un grito a la misericordia divina. Aquí y allá, se desdobla la mente buscando un rinconcito dulce, una apertura a la consigna somos humanos en el éxito y en la desgracia.

La pandemia global ha dejado huellas en la sicología, en la sociología, en la intimidad desbordante. Quedan las heridas que no sanan fácilmente, que desafía la cordura, que ponen en jaque toda actitud triunfalista y sutil. En solo unos meses nos hemos dado cuenta del otro lado amargo, de que la vida es también, es cruz, dolor, misterio.

De regreso a la normalidad, entre paréntesis, sería bueno dirigir la mirada a una auténtica distribución de las riquezas, una justicia que supla oxigeno de generosidad a los enfermos y pobres que son víctima del acoso de los virus producidos por la falta de sentido fraternal. Esos, que siempre cargan con la peor parte, brotan a la luz del día en estos momentos de asombros y devastación sicológica.

Un retorno a la fraternidad más elevada parece una utopía o una ilusión desamparada por el egoísmo y el sistema económico. Los gestos vandálicos que muchos especuladores quisieron imponer durante la pandemia tienen que ser desechados por la economía solidaria. No hay cabida para lo que creen que poniendo a los demás de rodillas es la mejor forma de vivir en este planeta.

La lección está dada y queda como un recuerdo vivo la fragilidad, que es huésped de la raza humana. El sobresalto de una humanidad a merced de un virus es indicativo de que no contamos con todas las soluciones, que todos juntos es la fórmula más cercana al éxito colectivo. La enseñanza global tiene rasgos universales, una cátedra de amor y justicia.

A FAVOR

BONDADOSOS-

Los que parten el pan con sus vecinos y dan paso al amor compartido se convierten en buenos samaritanos.

Un intercambio de actitudes de amplitud misericordiosa logra apaciguar la tempestad y así conquistar un sitial delante de Dios y de los hombres.

Son tiempos para abreviar las rutas y comunicar el amor de Dios a todos.

La dádiva desde el corazón atrae a todos y hace caminos para abrazar y bendecir al que espera un mañana mejor.

EN CONTRA

EGOÍSMO-

El yo primero siempre asoma su feo rostro en cada momento de aflicción o desesperación.

Esa actitud marchita las relaciones y fomenta la enemistad y el alejamiento.

El ser humano deshonra su título de hijo de Dios y se convierte en buscador de tesoros y se somete a la fuerza de las cosas materiales.

Los tiempos modernos requieren de una bondad que destile amor y misericordia.

2 COMMENTS

  1. Palabras, pensamientos, profundidad con un alto sentido y sentimiento de la realidad. Gracias Padre Zabala. Dios le bendiga y le conceda buena salud. Gracias por compartir su sabiduría.

  2. Gracias Padre por esas palabras tan hermosas. Me encanta leerlo. Cuídate mucho, un saludo desde St. Cloud Florida,

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