“Todo para la gloria de Dios”, con estas palabras Monseñor Wilfredo “Willie” Peña Moredo, párroco de Santa Bernardita en San Juan, describió su ministerio sacerdotal en el que cumplió 45 años el pasado 30 de marzo.

Con apenas 11 años de edad, Padre Willie, como cariñosamente le llaman sus fieles, salió de Cuba hacia Miami, Florida. Allí residió por espacio de 3 años para luego iniciarse a sus 14 años, como seminarista en el Seminario Regina Cleri en Ponce.

Recordó que, según le contó su mamá, su vocación surgió desde muy pequeño. “Recuerdo que era monaguillo, y a los 11 años éramos cuatro amiguitos, los cuatro sacerdotes hoy. Todo lo que nos unía era que queríamos ser sacerdotes. Ya uno falleció, uno está en Venezuela, el otro está en Texas y un servidor”.

Ante la situación que vivía el pueblo cubano, experimentó momentos difíciles ya que su familia estaba dividida. Por eso, la Iglesia fue su refugio, a lo que afirmó que esta se convirtió en “nuestra madre porque en un momento dado nos protegió”.

Acerca de las experiencias más memorables de estas cuatro décadas y media, aseveró que: “No tengo momentos. Diría que todos estos 45 años, han sido un conjunto que hace que toda mi vida sea un momento, porque son experiencias vividas. Esto es la celebración de mi ministerio con todo lo que conlleva, momentos que son sublimes, momentos que son dolorosos”.

Sin embargo, aseguró que celebra con actitud de agradecimiento, hacia Dios y a todas las personas que hacen que “esto se pueda ver realizado, porque en la vida de un sacerdote las personas tienen mucho que ver. Estamos ordenados para la gente, porque nuestro ministerio tiene sentido por la gente. Si tuviera que terminar ya, le diría a Dios que gracias por una vida vivida a plenitud, yo creo en celebrarlo todo”.

A su vez, lamentó que se viva tan rápido, sin celebrar la vida que Dios otorga. “Por eso para mí, la celebración es muy importante. La vida es un regalo, y como regalo de Dios hay que celebrarla”, enfatizó.

De otro lado, Padre Willie fue secretario y ceremoniero del Cardenal Luis Aponte Martínez. Durante esos años, le tocó viajar hasta Roma donde tuvo la oportunidad de conocer a, los hoy santos, Pablo VI, Juan Pablo II y a Madre Teresa de Calcuta. Además, como si fuese una primicia, tuvo la oportunidad de ver a Juan Pablo I justo antes de su primera presentación pública como el nuevo Papa. Esto, porque la habitación en la que se hospedaba junto con el Cardenal quedaba frente a donde estaba el Sumo Pontífice.

Entre los momentos de mayor cercanía con Dios, rememoró el fallecimiento de su mamá, quien padecía de fibrosis pulmonar. No obstante, reconoció que Dios fue muy bueno, porque “mi mamá falleció en mi mes de vacaciones. No tuve que buscar un sacerdote. Me tocó junto con mi hermana entrarla en Hospicio y sentí a Dios muy, muy cerca, porque sabía lo que venía, y fue un momento muy revelador”.

Confesó que fue en ese instante que se dio cuenta de cuán egoísta se puede llegar a ser. “Ya mi mamá estaba prácticamente dormida por los medicamentos, porque la idea era que no se asfixiara. Uno estaba esperando el momento, pero no se la había entregado a Dios”, recordó.

Un día se sentó junto a ella y le dijo: “Mami es hora de irse”. Esa misma noche, cuando se arrodilló para rezar, dijo a Dios: “Señor te doy permiso para que te la lleves, gracias” y unas horas más tarde su mamá falleció.

Asimismo, aseguró haber experimentado un milagro eucarístico cuando fue diagnosticado con tres tumores malignos en el colon. Durante un retiro que ofreció, tomó la Custodia y se la colocó en el área afectada. De inmediato, “sentí una mano, como cuando te dan un masaje que no te duele, y dije: ‘Estoy sanado’. Resulta que me operaron y no había nada. Las pruebas salieron bien. Fue un milagro de la Eucaristía”.

“Esos son los detalles que Dios ha tenido conmigo en muchas ocasiones, que he sentido a Dios muy cerca, aun en los momentos que siento que hay un silencio”, apuntó. Por eso, dijo que la mayor enseñanza que ha podido aprender de Dios es que “cuando uno confía en Él y lo deja hacer, uno ve la gloria de Dios. Su silencio no es ausencia, sino presencia. Yo sé que, aunque haya silencio Él está ahí”.

También dijo ser devoto de Santa Teresita del Niño Jesús, a quien llama “hermanita del Cielo” y de Santa Bernardita. Se considera un hijo de las carmelitas descalzas con quienes guardó una estrecha relación en Miami y también es devoto de Don Bosco. ■

Nilmarie Goyco Suárez
Twitter: @NilmarieGoycoEV
n.goyco@elvisitantepr.com

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