Con Palabras del Papa Benedicto XVI les recuerdo que: “El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta Tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). La Cuaresma es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal” Benedicto XVI – 9 marzo -2011.

Estas palabras del Papa emérito, nos ayudan a entender que junto a nuestro deseo por servir a Dios y por vivir como Jesús se nos presentan tentaciones, como se le presentaron a él; fue tentado por el demonio, en la forma de colocar tres valores sobre el amor a Dios: el placer -pan representando el alimento, el dinero y otras comodidades-; el poder – todos los reinos del mundo- , y la seguridad -presumiendo que Dios haría milagros en su favor.

Muchos de nosotros caemos en una o dos de estas trampas a menudo … Jesús al igual que nosotros fue tentado a abandonar su misión; fue invitado a usar todo su poder en su provecho, y a confiar solamente en sí mismo. Nuestras tentaciones pueden ser diferentes; pero la realidad es la misma.

La Cuaresma es una oportunidad para mirar dentro de nosotros mismos, hacer una pausa y con Espíritu renovado celebrar la Pascua; es tiempo de limpiar nuestro corazón y nuestra mirada, para que con nuevos sentimientos, pensamientos y ojos nuevos seamos capaces de transformar nuestra realidad.

Iniciemos nuestro camino cuaresmal rezando con confianza el salmo 50, en el que pedimos al Señor; que tenga piedad, que nos lave, nos purifique del pecado. Que recree nuestro corazón, renueve nuestras fuerzas, nos devuelva la alegría y sobre todo nos sostenga con su espíritu para poder abrir nuestros labios y proclamar sus alabanzas.

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