Nació en Pedro Abad, Córdoba (España) en 1850. A sus 15 años hizo voto de castidad perpetua, e intensificó su piedad y obras de caridad.

Con ayuda de Mons. Ceferino González, la santa y su hermana Dolores fundaron el Instituto de Adoradoras del Santísimo Sacramento e Hijas de María Inmaculada, pero al poco tiempo se trasladaron junto con otras 16 religiosas a Madrid, donde se les concedió la aprobación diocesana en 1877, y 10 años más tarde, el Papa León XIII aprobó la Congregación con el nombre de Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús.

Pronto se multiplicaron las fundaciones de nuevas casas. En la base de todo estaba la altísima y continua oración, que la M. Rafaela vivía e infundía en sus hijas, y sus heroicas virtudes, sobre todo la profunda humildad, hasta el punto en que la llamaron “la humildad hecha carne”.

Sin embargo, las dificultades que surgieron en el gobierno, la movieron a renunciar a favor de su hermana Dolores. Durante 30 años permaneció en el aislamiento, realizando duros trabajos y sufriendo pacientemente terribles humillaciones.

Falleció en 1925, en 1952 fue beatificada y el 23 de enero de 1977 la canonizaron.

San Jenaro Sánchez Delgadillo 

Nació el 19 de septiembre de 1886 en Agualele, México. Jenaro llegó a Tamazulita en 1923, acompañado de sus padres. En este lugar ejerció su ministerio hasta su martirio, en enero de 1927. Por la persecución desatada por el gobierno de Calles, especialmente contra los sacerdotes, el Padre sufrió la imposibilidad de desempeñar convenientemente su ministerio.

Fue encarcelado por leer en el templo parroquial de Zacoalco, Jalisco, la carta pastoral de su Obispo que era una protesta del prelado por los artículos persecutorios de la Constitución de 1917 contra la Iglesia y sus ministros.

Al suspenderse el culto público ejerció a escondidas. En varias ocasiones comentó con algunos de ellos: “En esta persecución van a morir muchos sacerdotes y tal vez yo sea uno de los primeros”. Y así fue.

El 17 de enero de 1927 andaba en el campo con un grupo de vecinos. Al regresar, se dieron cuenta que unos soldados los andaban buscando, el sacerdote fue apresado y llevado a Tecolotlán. El jefe de los soldados, mandó soltar a todos menos a él, a quien le pusieron una reata al cuello. El P. Jenaro dijo: “Bueno, paisanos, me van a colgar; yo los perdono y que mi Padre Dios también los perdone, y siempre ¡qué viva Cristo Rey!”.

Luego los soldados jalaron de la reata con violencia de manera que la cabeza del Padre Jenaro pegó contra la rama del mezquite donde habían colgado la soga. Así duró el cuerpo hasta la madrugada y antes de que amaneciera volvieron los soldados, le dieron un balazo en el hombro izquierdo, lo bajaron y ya estando en el suelo el cadáver, un soldado le dio un bayonetazo que casi lo traspasó.

Su recuerdo y testimonio quedó grabado en la memoria de la Iglesia de México y los fieles no dejaron de invocar su intercesión. Fue canonizado por Juan Pablo II en el Jubileo del año 2000, el 21 de mayo.

(Fuente: ACI/Prensa)

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