Cada 1 de agosto la Iglesia celebra la memoria de San Alfonso María de Ligorio, obispo, doctor de la Iglesia y fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, conocida como los Redentoristas. Su vida y su obra constituyen uno de los testimonios más elocuentes de cómo el anuncio del Evangelio debe llegar, con especial predilección, a quienes más necesitan experimentar la misericordia de Dios.
Nacido en Nápoles, Italia, en 1696, Alfonso destacó desde muy joven por su brillante inteligencia. Se graduó en Derecho siendo apenas un adolescente y ejerció como abogado con gran prestigio. Sin embargo, un acontecimiento marcó profundamente su vida: tras perder un importante caso judicial, comprendió que Dios lo llamaba por un camino distinto. Abandonó una prometedora carrera profesional para ingresar al seminario y ordenarse sacerdote en 1726.
Su ministerio sacerdotal estuvo caracterizado por una profunda cercanía con las personas más pobres y abandonadas. Mientras muchos centros de evangelización se concentraban en las grandes ciudades, San Alfonso descubrió que existían comunidades rurales y personas olvidadas que apenas recibían atención pastoral. Convencido de que el Evangelio debía llegar a todos, especialmente a quienes estaban más alejados, fundó en 1732 la Congregación del Santísimo Redentor.
Desde sus inicios, la misión redentorista quedó definida por el anuncio de la abundante Redención de Cristo y por una atención preferencial hacia los más pobres y espiritualmente abandonados. Las misiones populares, la predicación sencilla y cercana, la celebración frecuente del sacramento de la Reconciliación y la formación de los fieles se convirtieron en rasgos distintivos de la nueva congregación.
San Alfonso también dejó una profunda huella en la vida intelectual de la Iglesia. Fue un prolífico escritor, autor de numerosas obras de teología, espiritualidad y moral. Su enseñanza ayudó a presentar una visión equilibrada de la moral cristiana, alejada tanto del rigor excesivo como del permisivismo. Precisamente por la riqueza de su pensamiento, fue proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Pío IX en 1871 y continúa siendo una referencia para sacerdotes, confesores y estudiosos de la teología moral.
Casi tres siglos después de la fundación de la congregación, el carisma redentorista permanece plenamente vigente. Los misioneros continúan anunciando el Evangelio allí donde la esperanza parece haberse debilitado, acompañando a comunidades, promoviendo misiones parroquiales, fomentando la vida sacramental y recordando que nadie está excluido del amor redentor de Cristo. Su lema, tomado de las palabras de Jesús: “Él me envió a anunciar la Buena Nueva a los pobres” (cf. Lc 4,18), sigue inspirando su servicio evangelizador.
En Puerto Rico, la presencia redentorista ha dejado una huella significativa en la vida de la Iglesia. A lo largo de los años, sus sacerdotes han servido en parroquias, santuarios y comunidades, dedicándose a la predicación de retiros y misiones populares, a la dirección espiritual, a la formación de agentes de pastoral y al acompañamiento cercano del Pueblo de Dios. Su estilo pastoral, profundamente misionero y accesible, ha contribuido a fortalecer la fe de generaciones de puertorriqueños.



