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Sagrada Familia, ejemplo de nuestras familias

(Homilía en la fiesta de la Sagrada Familia)

Queridas hermanas Misioneras del Buen Pastor, familiares, amigos y amigas; querido Pueblo Santo de Dios:

El domingo después de Navidad celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Habiendo completado el Adviento y celebrado la Navidad, ahora la Iglesia nos motiva a considerar la relación familiar de Jesús y de sus padres que es ejemplo para nuestras propias familias. En la primera lectura del libro del Eclesiástico se le dan consejos a los hijos sobre el amor y respeto que le deben a sus padres. San Pablo, en su carta a los Colosenses, va más allá y expresa, lo que se me ocurre llamar, los diez mandamientos o consejos para las buenas relaciones familiares: 1) Ser compasivos, 2) Ser magnánimes, 3) Ser humildes, 4) Ser afables, 5) Ser pacientes, 6) Soportarse mutuamente, 7) Perdonarse unos a los otros, 8) Amarse sobre todo, 9) Que reine la paz de Cristo, y 10) Ser agradecidos. ¡Qué bien conocía San Pablo la dinámica de las familias para proponer estos consejos! Cada familia es diferente pero todas pueden aplicar estos consejos. Así podrán desarrollarse basadas firmemente en la realidad en que viven.
En el texto del pasaje del Evangelio que hemos leído hoy, aparecen los temas preferidos por el evangelista San Lucas. Estos son una gran insistencia en la acción del Espíritu Santo, en la oración y en el ambiente orante, una atención continua a la acción y participación de las mujeres, y una preocupación constante con los pobres y con el mensaje para los pobres. Los primeros dos capítulos del Evangelio de San Lucas, escrito en la mitad de los años 80, no son historia según el sentido en que hoy entendemos la historia. Funcionan mucho más como espejo, en el cual los cristianos convertidos del paganismo, descubrieron que Jesús había venido a realizar las profecías del Antiguo Testamento y a atender las más profundas inspiraciones del corazón humano. Son, asimismo, símbolo y espejo de lo que estaba ocurriendo entre los cristianos del tiempo de Lucas. Las comunidades llegadas del paganismo habían nacido de las comunidades de judíos convertidos, pero eran diferentes. El Nuevo Testamento no correspondía a lo que el Antiguo imaginaba y esperaba. Era “señal de contradicción” (Lc 2,34), causaba tensiones y era fuente de mucho dolor. En la actitud de María, imagen del Pueblo de Dios, que cumplía con lo estipulado en la Ley. San Lucas representa un modelo de cómo perseverar en el Nuevo, sin ser infiel al Antiguo.

En los dos primeros capítulos de este Evangelio todo gira en torno al nacimiento de dos niños: Juan y Jesús. Estos dos capítulos nos hacen sentir el perfume del evangelio de Lucas. En ellos, el ambiente es de ternura y de alabanza. Desde el comienzo al fin, se alaba y se canta, pues, por fin, la misericordia de Dios se ha revelado en Jesús. El Padre Dios cumplió las promesas hechas a Abraham y sus descendientes. Las cumplió a favor de los pobres y marginados, de los anawim, como Isabel y Zacarías, María y José, Ana y Simeón, los pastores. Estos son los que supieron esperar su venida. La insistencia de San Lucas en decir que María y José cumplieron todo aquello que la Ley prescribe, evoca lo que San Pablo escribió en la carta a los Gálatas: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, sometido a la Ley para rescatar a los que estaban sometidos a la Ley, para que fuesen adoptados como hijos” (Gal 4,4-5).

La historia del viejo Simeón en el Templo enseña que la esperanza, aunque se demore, un día se realiza. No se frustra, ni se deshace. Pero la forma de realizarse no siempre corresponde a la manera que nos imaginamos. Simeón esperaba al Mesías glorioso de Israel. Llegando al Templo, en medio de tantas parejas que llevan a sus niños, él ve a una pareja pobre de Nazaret. Y en esta pareja pobre con su niño ve la realización de su esperanza y de la esperanza del pueblo: “Mis ojos han visto la salvación ante todos los pueblos para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.

Este fue también un encuentro al interior de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos. Los jóvenes eran María y José, con su recién nacido, y los ancianos eran Simeón y Ana, dos personajes que frecuentaban el Templo. Aquí el encuentro entre la Sagrada Familia y estos dos representantes del pueblo santo de Dios. En el centro está Jesús. Es Él quien mueve todo, que atrae a unos y otros al Templo, que es la casa de su Padre.

A propósito de este Año de la Vida Consagrada quisiera citar una reflexión del Papa Francisco sobre este tema:

A la luz de esta escena evangélica miremos a la vida consagrada como a un encuentro con Cristo: es Él que viene a nosotros, traído por María y José, y somos nosotros los que vamos hacia Él, guiados por el Espíritu Santo. Pero al centro está Él. Él mueve todo, Él nos atrae al Templo, a la Iglesia, en donde podemos encontrarlo, reconocerlo, acogerlo, abrazarlo. Jesús nos sale al encuentro en la Iglesia a través del carisma fundacional de un Instituto: ¡es bello pensar así en nuestra vocación! Nuestro encuentro con Cristo ha tomado su forma en la Iglesia mediante el carisma de un testigo suyo, de una testigo suya. Esto nos sorprende siempre y nos hace dar gracias. También en la vida consagrada se vive el encuentro entre los jóvenes y los ancianos, entre observancia y profecía. ¡No las veamos como dos realidades que se contraponen! Dejemos más bien que el Espíritu Santo anime a ambas, y la señal de esto es la alegría: la alegría de observar, de caminar en una regla de vida; y la alegría de estar guiados por el Espíritu, jamás rígidos, jamás cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que nos invita a ir hacia el horizonte. Hace bien a los ancianos comunicar la sabiduría a los jóvenes y hace bien a los jóvenes recoger este patrimonio de experiencia y de sabiduría, y llevarlo adelante -no para guardarlo en un museo, sino para llevarlo adelante, con los desafíos que la vida nos presenta. Por el bien de las respectivas familias religiosas y de toda la Iglesia consagrada (Papa Francisco, homilía en la Jornada de la Vida Consagrada, 2014).

Mis queridas hermanas y queridos hermanos en Cristo, este Año de la Vida Consagrada es año para enfatizar las buenas relaciones de las varias familias religiosas entre sí mismas, con otras familias religiosas y con todas las familias que componen nuestra Iglesia. Nos sobran los consejos para realizarlo: los del Eclesiástico, los de San Pablo y, por supuesto, el ejemplo de la Sagrada Familia en el Evangelio de San Lucas. Meditemos asiduamente en las palabras finales de ese Evangelio que subrayan la importancia de la familia: “El niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría y gracia, y añadimos, en el seno de la familia”.

Monseñor Roberto Octavio González Nieves, OFM
Arzobispo de San Juan

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