A días de que se cumplan dos meses desde que el huracán María azotó a Puerto Rico, clérigos de la Diócesis de Arecibo, compatieron sus experiencias  con este fenómeno atmósferico en sus comunidades con El Visitante.

Padre. Jorge Ruiz Ruiz, ecónomo diocesano y párroco de Nuestra Señora del Carmen de Arecibo, catalogó como providencial el paso del huracán que “ha venido a limpiar el ciclón que había en la Isla”.

Pensando en la Madre de Dios, cuyo nombre llevó el fenómeno atmosférico, P. Jorge manifestó que “María siempre lo perfecciona todo” y, en ese sentido, añadió que la crisis que esto ha provocado es ocasión “para ver todas las posibilidades de ir más allá y ayudar al hermano; de no conformarnos con quedarnos encerrados y salir al encuentro del otro”.

A esa misma actitud de solidaridad y servicio, hizo alusión el Reverendo Diácono, Israel Rodríguez Díaz, incardinado en la parroquia Nuestra Señora de la Monserrate de Camuy, este expresó que una de las cosas que más le impactó tras el paso de María es “la unidad y el deseo de ayudarse mutuamente sin mirar quién eres, ni a qué religión perteneces, ni si eres pobre o rico, sino que son palpables las ansias de ayudar”.

Según el diácono, mientras unos culpan a Dios por el desastre, otros, con aceptación, descubren su bondad y su misericordia, y procuran ser mejores personas y mejores cristianos.

Ciertamente, de los momentos de crisis se pueden adquirir las enseñanzas más profundas que nos ayudan a rescatar las cosas esenciales, tal como lo compartió P. Jorge L. Virella Vázquez, canciller diocesano y párroco de Santa Teresita del Niño Jesús del Barrio Hato Abajo de Arecibo.

“Esta experiencia nos ha dado la oportunidad de levantar las cabezas para dejar de estar pendientes a nuestros celulares, hemos visto la destrucción y nos hemos contemplado”, comentó el sacerdote, y sostuvo la necesidad de “darnos cuenta de que hay unas relaciones personales que son mucho más profundas y mejores, y que dan más alegría, aun en medio de las carencias”, indicó.

En ese aspecto de la comunicación, coincidió el párroco de Nuestra Señora de Lourdes del barrio Alturas de Vega Baja, P. Luis Javier Rivera Rivera.

P. Javier se mostró sorprendido porque muchos niños y jóvenes en la urbanización en la que está ubicada la iglesia Nuestra Señora de Lourdes llenan cada día las calles corriendo bicicleta y patineta.

“Un día pasó un chico diciendo: ¡qué bueno que no hay Internet porque ahora la gente habla!”, relató el presbítero quien también es administrador parroquial de San Martín de Porres de Vega Baja.

Además, dijo pensó que serían los jóvenes los que menos resistirían esta crisis, pero se dio cuenta de que no es así “porque muchas personas mayores no han podido adaptarse a la situación actual, a pesar de haber vivido escasez y necesidad en su juventud”.

De otro lado, el P. Ángel Luis Soto Maldonado de la parroquia Sagrada Familia del pueblo de Corozal, destacó que “la gente ha tomado la iniciativa de ayudar al prójimo, especialmente los jóvenes, quienes han tomado un protagonismo especial en esa ayuda”, para preparar los alimentos y los artículos destinados a las familias más afectadas.

El joven presbítero, quien tiene apenas 2 años de haber recibido el Sacramento del Orden, dijo que la Iglesia está llamada a acompañar y llevar un mensaje de esperanza.

Por su parte, Fray Aníbal Rosario Mercado, OFM, Cap. párroco de San Miguel Arcángel de Utuado, uno de los pueblos que más sufrió los embates de María. Dijo que allí, tres capillas quedaron sumamente afectadas, pero la gran preocupación sigue siendo el hambre, la sed y la falta de que lleguen los suministros a comunidades que han quedado incomunicadas.

Frente a toda esta situación, Fray Aníbal subrayó que la invitación es a estar atentos a la voz de Dios, a “hacer una relectura bíblica, una relectura de los signos de los tiempos y a estar siempre preparados porque nosotros no somos mejores que otros países. Ahora nos tocó a nosotros y, de seguro, Puerto Rico va a ser para el mundo un modelo de cómo reaccionar ante la destrucción y de cómo nos levantamos como pueblo de fe, y como sociedad civilizada y esperanzada”.

Los sacerdotes de la Diócesis de Arecibo, con algunos reajustes en horarios de Misa en sus respectivas comunidades, continúan promoviendo entre los fieles un espíritu de misión y de fraternidad, y procuran que la Iglesia sea un reflejo del corazón de Dios, en el que hay lugar para todos.

Vanessa Rolón Nieves

(Última parte)

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