En este mes de febrero conmemoramos el segundo aniversario de la muerte de P. Melquiades Rojas… Comparto con ustedes algunas gratas memorias. Cuando entré al seminario en el 2006 le escuché decir un chiste subido de tono que me hizo poner más rojo que un tomate. El P. Melquiades lo dijo y estalló a reírse. Yo también me reí, pero entre dientes, un poquito pasmao. El hacer chistes era algo que lo distinguía. ¡Los tenía de todos los colores habidos y por haber! Otro día, siendo ya sacerdote, y encontrándome en Quebradillas, regresamos juntos de un retiro en Casa Manresa. Qué mucho nos reímos P. Carmelo y yo escuchando sus objeciones sobre aquellos que en la Iglesia simplemente quieren volver al pasado sin considerar las flaquezas y las limitaciones denantes.
Considerando otra cuestión un tanto más personal, el P. Melquiades era de los sacerdotes que comentaban mis anécdotas y me animaban a continuar adelante. Un día, por ejemplo, me escribía: “Gracias, P. Gabriel, por compartirlas”. Era, por tanto, de esos sacerdotes que quieren a uno y se lo hacen saber. Por otro lado, no recuerdo ni una sola vez en que le escribiera pidiéndole la unción para algún enfermo hospitalizado, y que no lo hiciera. ¡Normalmente lo hacía el mismo día! Qué gran ejemplo nos daba a los sacerdotes. Por esto, y por otras razones, realmente lo extraño, me hace falta. Hace falta, también, en nuestro presbiterio. Su forma de ser aportaba a la armonía entre la seriedad y la jocosidad. Allí cuando había tensión, un comentario o una risotada de P. Melquiades se hacía sentir.
Su muerte fue tan repentina. Sucedió en el silencio de su propio cuarto. Aquí en Quebradillas nos enteramos en el retiro de Cuaresma, presidido por nuestro obispo Mons. Alberto. Entre confesión y confesión, contesté una de las múltiples llamadas que me hicieron. Me tocó decirle al obispo y él tuvo que informarle a la familia, que se encontraba presente. Lloramos en cantidad. El retiro se transformó, pero fue una ocasión propicia para orar por él en un contexto comunitario.
Por último, cuando un cristiano recuerda a un hermano fallecido, resplandece la esperanza en la resurrección. Nos dice la Escritura: “La esperanza no defrauda” (Romanos 5,5). En medio del dolor ante la pérdida, nuestra oración se dirige al Dios en el que creemos y esperamos para que, en su infinita misericordia, admita a su hijo sacerdote en la asamblea de los santos. Pidamos que el ejemplo de transparencia, servicio a los enfermos y buen sentido del humor del P. Melquiades, nos estimule a todos en nuestro camino al cielo.



