Como hemos leído antes entre las expresiones icónicas se destacan las del Señor y la Virgen. La veneración de éstas frecuentemente se manifestó adornando la cabeza de las imágenes con una corona real, sea de las imágenes individuales del Señor o la Virgen o de ambos cuando aparecen juntos en la representación iconográfica (cf. RCIVM, 2). De hecho, «la costumbre de representar a santa María Virgen ceñida con corona regia data ya de los tiempos del Concilio de Éfeso (a. 431), tanto en Oriente como en Occidente. Los artistas cristianos pintaron frecuentemente a la gloriosa Madre del Señor sentada en solio real, adornada con regias insignias y rodeada de una corte de ángeles y de santos del cielo. En esas imágenes no pocas veces se representa al divino Redentor ciñendo a su Madre con una refulgente corona» (RCIVM, 3). La costumbre de la coronación de imágenes de la Virgen, insignes por su veneración pública, se difundió en occidente tanto por religiosos como por laicos como un acto de piedad popular, sobre todo desde el s. XVI con los capuchinos.
Para el s. XVII los mismos Papas apoyaron este gesto, tanto que algunos de ellos mismos realizaron la coronación o delegaban a un obispo para hacerla. Dos ejemplos fueron la realizada en Santa María la Mayor de Roma y la Virgen de Oropa (cf. RCIVM 4). Otros dos ejemplos fueron la primera coronación pontificia fuera de Italia en Croacia en 1715 y la primera en América, la de la Virgen de Guadalupe en 1895. Según fue pasando el tiempo, los gestos y las oraciones que se hacían fueron decantando en un rito, que finalmente se incorporó a la liturgia romana (cf. RCIVM 4). Hasta que se incluyó finalmente en el Pontifical Romano en 1897. El ritual reformado después del C. Vaticano II fue promulgado el 25 de marzo de 1981 por S. Juan Pablo II.
2. Ntra. Sra. de la Providencia coronada
La imagen de la Nuestra Señora de la Providencia había acompañado a nuestro pueblo por más de cien años y había sido declarada Patrona de toda la nación puertorriqueña («Patronam principalem totius Nationis Portoricensis constitui atque declarari») oficialmente por el Papa S. Pablo VI en 1969. Su imagen, que incluye al Niño Dios en su regazo, ha hizo insigne por su veneración pública. Por ello el Emmo. Sr. Cardenal Luis Aponte Martínez solicitó su coronación canónica, lo cual concedió el mismo Pontífice el 13 de septiembre de 1976 por medio de sendos documentos: uno de la Secretaría de Estado, firmado por el entonces secretario Jean Cardenal Villot y un decreto de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y Culto Divino, firmado por su prefecto el Cardenal James R. Knox.
Concedida esa gracia y dada delegación pontificia, se aprovechó la reunión ordinaria del CELAM que se realizaba en Puerto Rico en 1976, para coronar la imagen de nuestra Patrona. Tristementeen la mañana del 5 de diciembre, se encontró que unos vándalos habían entrado a la parroquia Sta. Teresita en Santurce y quemado la imagen que sería coronada. Aun así, en medio de la confusión y el dolor, se llevó a cabo la coronación porque «El fósforo que encendió la imagen de nuestra Patrona, no hizo otra cosa que encender el amor y devoción de nuestro pueblo hacia ella». Estas palabras brotaron del corazón, la pluma y los labios del predicador P. Saturnino Junquera, sj, quien recorrió Puerto Rico enardeciendo la devoción a la Virgen de la Providencia en los años 1950 y del Cardenal Luis Aponte Martínez. Así pues, quedó debidamente coronada la imagen, a lo cual ha seguido un largo camino de varias restauraciones de la misma, habiéndose llevado a cabo la más reciente en Sevilla como preparación al cincuentenario de su patronato en 2019.
Conclusión
Al prepararnos para celebrar este año el cincuentenario de su coronación canónica, rogamos al Hijo divino de María, quien la escogió junto al Padre eterno y al Espíritu Santo desde toda la eternidad, que acreciente en nosotros el amor a nuestra Patrona, y que ella por su maternal intercesión encienda en nuestros corazones el amor fiel e incondicional a la Santísima Trinidad, a la Iglesia, a nuestra patria y a todo ser humano, procurando cumplir en nuestras vidas lo que ella misma dijo a los sirvientes en la boda de Caná: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2, 5). De esta manera, haciendo lo que Jesús nos diga, como María, seremos dóciles colaboradores de la Divina Providencia, y algún día podremos, como ella, heredar la corona de la vida (cf. St 1,12; Ap 2,10).



