A los niños les encantan las adivinanzas. Los transporta al reino de la magia, de la ilusión. Así también con los rompecabezas y los cuentos de hadas. Es el mundo de la inocencia, de la imaginación. Según los estudiosos del comportamiento humano, esa experiencia es saludable y necesaria para esa etapa de la vida. Les sirve como mecanismo de defensa ante los cambios que se van dando en su proceso de crecimiento. De alguna manera, la fantasía les sirve como instrumento en la transición hacia lo difícil de la adolescencia.

Los adultos también desarrollan sus propios mecanismos de defensa, aunque en esa etapa de la vida las tácticas adoptadas se tornan más complicadas. Y esto porque el adulto ya se supone que tenga conciencia de lo que es la moral, lo aceptable y permitido. Lo que nos trae al tema de la mentira como estrategia de defensa propia. Vale de inmediato añadir, que la experiencia de las medias verdades como atenuante ante las amenazas inesperadas de la vida, se van gestando desde la infancia. El miedo que acompaña prácticamente todas las etapas del desarrollo humano es algo normativo ante la inseguridad que se vive en toda experiencia de cambio. Sin embargo, es interesante notar que la práctica de la mentira afecta a diferentes personas de diferentes maneras. Mucho tiene que ver con el grado de madurez y del carácter de cada uno. Factor determinante también lo es lo sensitivo de la conciencia en la vida espiritual de la persona.

Se pudieran señalar posibles situaciones y circunstancias cuando la inclinación a la mentira ocurre con mayor insistencia. Hablando de la infancia y su mundo de fantasía, también se descubre, a esa temprana etapa, la necesidad de mantener una estabilidad emocional. El querer encubrir un error, evitar algún castigo, o escapar de una situación dolorosa, el niño aprende a mentir como mecanismo de defensa. Desde ahí es que el adolescente aprende a crear su “propio mundo”,  liberado de ansiedades y tensiones propias para esa etapa de la vida. La frecuente incidencia de escape de la realidad a través de la mentira marca el carácter de la persona.

Posiblemente, la experiencia que se hace más vulnerable a la mentira es toda aquella que está relacionada con la cuestión del poder. En el renglón del matrimonio, la familia, lo religioso, lo político, lo económico, lo académico, y en otros semejantes, se puede notar la tentación a la mentira. Si se mira de cerca, cada situación delata un empeño de salvaguardar la buena imagen, reputación, autoridad o posición privilegiada de la persona.

En lo sagrado de la relación conyugal, la mentira tiende a socavar todo proyecto común de confianza mutua. Por lo general, ocurre en los años tiernos de la relación. Triste admitir que es la falsedad la que destruye muchos matrimonios, particularmente desde la inmadurez machista o la búsqueda de dominación mujerista. Usualmente los hijos aprenden la mentira de sus progenitores, especialmente en los aprietos de la conducta adolescente. Es en ese tipo de ambiente familiar donde la mentira cultiva la sospecha, rebeldía y el individualismo nocivo que quebranta la felicidad del hogar.

En los ministerios parroquiales donde el laico ha sido promovido a alguna posición de poder, la mentira toma la forma de “una fachada”. Es la pretensión de creer que el nombramiento fue hecho por razones de alguna cualidad especial que lo pone por encima de los demás. Los ministros ordenados, (diáconos, presbíteros, obispos), no están exentos de la tentación a la mentira, dependiendo de la inseguridad con que asumen su rol como líderes servidores.

La experiencia que se hace más vulnerable a la mentira es la del poder político. Política es la búsqueda del bien común. Los electos en esa experiencia corren el riesgo de asumir posturas de arrogancia, que los tornan intransigentes y poco considerados hacia aquellos que los eligieron. En la contienda política constante, la tentación es asumir y mantener el poder a fuerza de promesas ilusorias que difícilmente serán cumplidas. Entre más es su don de demagogia, más es su habilidad de persuadir las masas. Tragedia de un pueblo es someterse a la pretensión de cualquier gobernante que en la asfixia de su narcicismo se deja cegar por su posición de autoridad. Es entonces que empieza a creer en su propia mentira.

El pecado de los orígenes fue uno de ambición. Desde entonces, el ser humano se ha enfrentado al demonio de su propia insuficiencia. Lucha continua y denodada ha sido la experiencia del creyente quien, invitado por el Espíritu, se esfuerza por ser fiel a su conciencia. Como cónyuge, o hijo y hermano, o servidor de la comunidad de fe, o electo al servicio del bien común, como sea … todos confrontan su arrastre hacia la falsedad. Es ese amarre del ego que lo lleva a mirar la vida desde sus necesidades y apetitos. Mentir, engañar, falsear la motivación en el trato con los demás, tiene como propósito el manipular al otro a favor de su propia necesidad. Por eso es que el fingimiento destruye toda posibilidad de una relación sana, que conduzca a la felicidad.

La mentira niega toda filiación con el Hijo de Dios. Jesús se hizo Hombre precisamente para liberar a todos de esa cobardía.  “El que afirma: «Lo conozco», pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad” (Juan 2, 4).

P. Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.

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