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El gemido que llega a Dios no interpela a humanizar las leyes de inmigración: no más inmigrantes Muertos, abandonados, engañados y traumatizados. Nuestros corazones no pueden estar más que adoloridos con las tan frecuentes noticias, audios y visuales del drama que viven nuestros hermanos y hermanas vecinos de la República Dominicana y Haití que arriesgan sus vidas en su travesía hacia nuestras tierras. 

El pasado martes más de un centenar de seres humanos fueron abandonados a su suerte en la desierta Isla de Mona: 104 personas, entre ellas, 68 mujeres, tres de ellas embarazadas, 8 menores de edad, 39 hombres haitianos y dos dominicanos. Recordemos que cinco mujeres que perdieron sus vidas el pasado jueves 28 de julio mientras viajaban en una embarcación cercana a las peligrosas playas del islote Desecheo rumbo a Puerto Rico. De igual manera recordemos la tragedia del pasado 12 de mayo en la que también fallecieron 11 mujeres haitianas en situaciones similares. 

Estos hermanos y hermanas dominicanos y haitianos son primeramente víctimas de organizaciones criminales y contrabandistas que se dedican a exponer vidas humanas en viajes peligrosos y embarcaciones inadecuadas y sobrecargadas. En algunas ocasiones lanzan personas al agua, en otras los abandonan en la Isla de Mona y en otras, los lanzas al mar ya cercano a nuestras playas. 

Por encima de todo, son víctimas de injusticias sociales que se suelen experimentar en países pobres y con poco desarrollo.  Por ejemplo, en Haití se es víctima de enormes desigualdades, pobreza, corrupción, y de la falta de paz, transparencia, de estabilidad gubernamental, inseguridad y tráfico de inmigrantes que son males que originan otros grandes males, y que, en un grado u otro, golpean a muchos gobiernos del mundo, incluyendo al nuestro de Puerto Rico.  

De igual manera, son víctimas de un sistema de inmigración injusto, insensible y prejuiciado. La respuesta del gobierno federal no debe ser repatriarlos, sino buscar la manera de acogerlos para salvar sus vidas, salud y libertades, de establecer acuerdos con los países originarios de estas inmigraciones para buscar una solución común, humana y cristiana.

También esta situación nos lleva a solicitar una vez más que las leyes de inmigración no solo se flexibilicen, sino que se humanicen para evitar tantas tragedias. Se tiene que ser más humano, más solidario, más fraternal con los ciudadanos y ciudadanas de naciones extremadamente pobres y con gran inestabilidad en sus gobiernos y que deseen buscar una vida más digna y justa para sí y para sus familiares. […]

En la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico contamos con un grupo de sacerdotes haitianos y boricuas que acogen a estos hermanos y hermanas para garantizarles sus derechos a una vida digna. En medio nuestro y ante un número notable de hermanos sacerdotes haitianos que evangelizan en nuestra iglesia arquidiocesana a favor de estos inmigrantes: Padre Olin Pierre, Padre Jean Rolex, CM, y Padre Jocelyn Antoine, CM, Padre Patrick Celestin. También agradecemos a los religiosos y religiosas en medio nuestro. Agradecemos la labor del líder haitiano, Leonardo Profil. Ellos reflejan el rostro fraterno y solidarizaría de Cristo de la cual la iglesia promotora activa. 

Invito a nuestro pueblo a solidarizarse con estos inmigrantes sin estatus migratorio regular. Hay una diaconía que realizar con ellos y en ellas. La Iglesia Católica debe estar siempre atenta a ellos para darles de comer, insistir para se les trata caritativa y justamente, velar por su salud y bienestar. Si como Iglesia no hacemos esto, hemos zozobrado malamente la barca de la Iglesia y en peor forma que lo han hecho estos delincuentes en la Isla de Mona. 

Oficina de prensa del Arzobispo de San Juan

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