Alza vuelo el pensamiento cada vez que la Iglesia, en voz del Papa Francisco, toca a los heridos de las batallas de la existencia. Él se interesa por los caídos, los sufridos, los que lloran a la vera del camino. Busca extender su ministerio de amor para allegarse a los desheredados de este mundo con la fuerza de Cristo Resucitado.

El aborto, crimen abominable, deja ronchas en la sicología, hace estragos en el corazón. Para aquellas que, por diversas razones, han tenido que efectuarse un aborto, nada mejor que curar su dolor al amparo de absolución de su pecado. Ese retorno a la inocencia no es un escapismo, ni una acción festinada para salir del paso. Se acude al sacramento de la reconciliación para implementar la doble vía de salud. Un perdón doble pues se ha ofendido a Dios y al prójimo.

Debido a la magnitud del pecado del aborto, la Iglesia determinó que ese pecado debería ser referido a una autoridad mayor como la del Obispo de la Diócesis. Este proceso de llegar a la absolución del Señor Obispo, para el equilibrio de las llaves y la caridad, representa la autoridad eclesial y sirve como una auténtica vía para caminar con dedicación y entusiasmo cristiano.
En apertura de luz y de fe, el Año de la Misericordia, que comienza el 8 de diciembre de 2015, esparcirá sus esfuerzos curativos sobre los que por muchas razones dijeron no a la vida. El párroco o sacerdote autorizado podrá elevar su mano y decir la fórmula de conferir el perdón; para el bien espiritual y humano de tantas personas necesitadas de amor y de misericordia.

Todo este proceso amoroso es una fuente de salud, una cordial invitación a recibir el abrazo de Cristo pleno en misericordia. No es el momento de divagar o de propiciar un escepticismo orquestado desde la incredulidad y la forma arbitraria de vivir la fe. La Iglesia, madre y maestra, abre su cordial mirada y su solicitud para reunir a los redimidos por la sangre de Cristo.

La tendencia a tergiversar la mente de la Iglesia fomenta el estilo de confrontación desde la base de la ignorancia y los perjuicios. Toda persona ilustrada, no debe hacer fiesta con comentarios de poca monta o expresarse con desprecio y sarna contra el Papa y la Santa Iglesia. Eso contribuye a bajar la calidad de la discusión y abrir cauce a lo malo.

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