Fray Mario Rodríguez León, OP
Para EL VISITANTE

La Madre Dominga no sólo fue una distinguida maestra de español en diferentes colegios en Estados Unidos y Puerto Rico, sino que también era una mujer de gran sabiduría, sobre todo aquella aprendida en los diferentes lugares donde vivió y las personas que la educaron. Este acervo cultural fruto de la sabiduría popular, lo daba a conocer a sus hijas quienes aprendieron muchas recetas, costumbres, reglas de urbanidad y auténticas tradiciones puertorriqueñas. Este florilegio popular lo describimos tal como nos fue trasmitido por aquellas Hermanas de Fátima de mayor edad en la Congregación.

La Madre Dominga siempre aconsejaba a sus hijas en el Convento en Santa Rita que antes de comer debían beber agua porque eso les ayudaba a limpiar los riñones.

Con mucha frecuencia cuando algunas hermanas se enfermaban, la Madre Dominga les preparaba infusiones de tilo, anís, limón, hojas de naranja o de guanábana.
Cuando se enfermaba una hermana ella misma les ponía las inyecciones de penicilina.

La Madre Dominga les enseñaba a las hermanas todo lo relacionado con el urbanismo y los buenos modales. En particular cómo comportarse en la mesa, cómo sentarse. Dónde colocar los brazos, cómo poner los cubiertos y las servilletas. También no ensuciar el hábito dominico en la mesa colocándose la servilleta de tela en el pecho. Las servilletas de tela eran elaboradas por las mismas hermanas.

La Madre Dominga les enseñaba a las hermanas que siempre estuvieran pendientes de las necesidades de la compañera que estaba a su lado en la mesa. Les indicaba que hablaran de temas agradables y que guardasen silencio cuando así se requería.

Les enseñaba que no era de buen gusto que una religiosa se riera estrepitosamente y les aconsejó moderar la risa.

Cuando las hermanas salían a caminar al campo, a su regreso la Madre Dominga les tenía una sorpresa: les había preparado plátanos en almíbar, postres típicos, frutas y chocolates. Siempre le agradaba sorprender a sus hijas con hermosos detalles.

No le gustaba que las hermanas averiguaran lo que estaban cocinando hasta que se sirviera en la mesa.

Como regla de urbanidad les enseñó que cuando una hermana estaba sentada y llegaba un sacerdote o alguna otra persona mayor debían de ponerse de pie como signo de respeto. Las visitas que llegaban a Santa Rita se les atendía y no se les dejaban ir sin ofrecerles café, jugo de frutas, chocolates o refrescos.

Si no había recreo después de a cena se refugiaban en silencio con un gran espíritu de recogimiento.

Les decía con frecuencia que debían comer de todo: “El pobre come lo que aparece sin protestar”.

Los alimentos que sobraban en el Colegio Santísimo Rosario los llevaban a las hermanas en La Trocha. Uno de los que llevaba la comida era Manolo López de Victoria, estudiante del colegio en Yauco (hoy es oftalmólogo).

Si alguna hermana se quemaba la piel cocinando le aconsejaba que se pusiera pasta de diente. Cuando a alguna se le descomponía el estómago le recomendaba aceite de oliva con sal.
Cuando una hermana enfermaba ella le preparaba caldos de pollo o arroz con leche y ella misma le servía. Cultivaba plantas medicinales en el patio del Convento de Santa Rita.

La Madre Dominga acostumbraba ir a la plaza del mercado para hacer compras. Siempre iba a pie y saludaba a todo el mundo y decía: “Una monja triste es una triste monja”. No llevaba mucho dinero porque compraba solamente lo necesario. Era muy ahorrativa.

La Madre Dominga era devota de los Tres Reyes Magos y todos los 5 de enero le decía a las hermanas que pusieran la cajita con hierba para los camellos de los reyes. No quería que se perdieran nuestras auténticas tradiciones navideñas. Al día siguiente cada hermana encontraba un regalo. También les enseñó a preparar la corona de Adviento.

Después de la Misa de Gallo en la parroquia de Yauco las hermanas subían al conventito y preparaban desayuno para los fieles. Disfrutaban haciendo parrandas con música típica puertorriqueña. También iban a las misas de aguinaldo a las 5 a.m. en Santa Rita. Viajaban en guagua rezando el rosario y la Madre Dominga quería que las Ave María cayeran sobre todos los niños de Puerto Rico. A ella le gustaba mucho los pasteles de yuca y el rabito del lechón asado.

El Sábado Santo por la noche en la parroquia de Yauco participaban de la liturgia de la Pascua de Resurrección. El Domingo de Resurrección las Hermanas tenían recreo todo el día. Era un día de gran alegría y libertad de espíritu. El almuerzo era algo muy especial.

A la Madre Dominga le gustaba mucho comer frutas y vegetales del país y desde niña en lugar de comprar dulces adquiría frutas frescas. Le gustaba mucho el caimito, el níspero y la guanábana. No comía mucho.

Sor Celeste Ortiz, OP. tenía una cotorra llamada ‘Linda’ y la Madre Dominga le daba frutas y cuando se enfermaba la llevaba al veterinario. Lamentablemente se la robaron del convento.
– Para el dolor de estómago ella recomendaba a las hermanas un té de anís.
Don Cheo, el papa de Sor Priscila, cuando la Madre Dominga se enfermaba acostumbraba llevarle pollos para que las hermanas le prepararan un buen caldo.
– Les decía a las hermanas que debían sentarse derechas para que la sangre circulara mejor y se realizara una buena oxigenación.
– Le daba importancia a las posturas del cuerpo.
– El breviario había que leerlo manteniendo una postura correcta para que las hermanas no se enfermaran de la espalda.
– La Madre Dominga enseñó a las hermanas a preparar papas majadas con un huevo en el medio y después los horneaba.
– Siempre recomendaba la importancia de una buena siesta en el día.
– Recomendaba que al salir del convento llevaran una sombrilla para no mojarse y evitar los catarros.
– La Madre Dominga le pedía a Sor Rosario Adrover, OP. que preparara un menú balanceado.
– A las hermanas que habían trabajado mucho durante el día les llevaba una copita de vino por la noche.
– En Santa Rita a las 10 de la mañana le lLevaban a la Madre Dominga un buen caldo de pollo y ella lo repartía con sus hijas. Ella nunca comía sola.
– Durante los recreos la Madre Dominga les hacía chistes a las hermanas y les enseñaba adivinanzas. Tenía muy buen humor.
– Cuando las hermanas llegaban del campo la Madre Dominga les solicitaba que comentaran sus experiencias del día. Las hermanas menores debían aprender de las mayores.

La Madre Dominga tenía la costumbre de visitar una vez por semana la plaza del mercado de Yauco y siempre se llevaba una de las hermanas para que aprendiera a comprar. La Madre Dominga pasaba por cada kiosco y a cada uno le compraba algo. Y así se relacionaba con los vendedores y les preguntaba por su familia. Fue así como muchas de esas personas se acercaron a la Iglesia.

NOTA: Las personas que conocieron a la Madre Dominga y recuerden alguna información sobre la sabiduría popular de la Fundadora de las Hermanas Dominicas de Fátima favor de comunicarse con Fr. Mario al teléfono 787-275-1369.

(Artículo original publicado en El Visitante en la Edición 35 • 28 de agosto al 3 de septiembre de 2005)

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