En el quincuagésimo aniversario de la declaración conciliar «Nostra aetate», el Consejo pontificio para el diálogo interreligioso, la Comisión para las relaciones religiosas con el judaísmo y la Pontificia Universidad Gregoriana han organizado, del 26 al 28 de octubre, un congreso internacional para conmemorar este acontecimiento y analizar las repercusiones en el último medio siglo. El miércoles 28, por la tarde, tuvo lugar la intervención conclusiva del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, quien afirmó que la Iglesia siempre ha enseñado, lo enseña también hoy y no se cansa de repetir: la paz es posible, la paz es una necesidad.

Un deber, por lo tanto, se impone a todos los amantes de la paz, y es el de educar a las nuevas generaciones en estos ideales, para preparar un tiempo mejor para toda la humanidad. La educación a la paz ─puso de relieve el purpurado─ hoy es más urgente que nunca, porque los hombres, ante las tragedias que siguen afligiendo a la humanidad, se ven tentados de caer en el fatalismo, como si la paz fuese un ideal inalcanzable (cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada mundial de la paz 2004, n. 4).

En un momento de fuerte preocupación por la multiplicación de tensiones y conflictos en diversas zonas del mundo, es urgente promover una reflexión profunda y articulada sobre el tema de la educación a la paz. La afirmación de una auténtica cultura de paz no puede prescindir de las raíces éticas orientadas a la edificación de una comunidad internacional atenta a la convivencia entre los pueblos y al desarrollo integral del ser humano. Como afirmaba Maritain, «la paz no será posible sin el respeto de las bases de la vida común, de la dignidad humana y de los derechos de la persona». La construcción de la paz es como un horizonte sobre el océano que se abre ante nosotros, pero se tiene la sensación que siempre se aleja. Esto nos llama a trabajar incansablemente para alcanzarlo. La unidad del género humano ─destacó el cardenal secretario de Estado─ postula desde siempre la existencia de un bien común universal, también él fundado en la tutela de los derechos y los deberes de la persona humana en todo el mundo. El temor de la «fuerza terriblemente destructiva de las armas modernas», la acentuada circulación «de las ideas, de los hombres, de las cosas» y la interdependencia entre las economías nacionales, llevan a la conclusión de que el bien común universal ya no se puede alcanzar a través de las normales relaciones diplomáticas mantenidas entre las comunidades nacionales. Nace la exigencia de una «comunidad mundial» que se dote de instituciones propias, con una nueva esfera del orden social, relativa a las relaciones entre las comunidades políticas nacionales y las instituciones de la comunidad mundial. La aceptación de la diversidad es fundamental en la educación en el respeto mutuo y en la libertad de expresar las propias ideas y las propias convicciones religiosas. Esta actitud constructiva encuentra su humus natural en el diálogo desinteresado (cf. Evangelii gaudium, n. 142), que en la búsqueda común de la paz y de la justicia se convierte en «un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales» (ibidem, n. 250). «La causa ontológica del contexto actual de odio y de desprecio en el seno de la familia humana la constituye un radical rechazo de la humanidad en el otro», escribe el Papa Francisco en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz 2015 (cf. n. 4).

Es obvio que aceptar las diferencia propias de cada cultura no significa negar la existencia de valores objetivos y principios comunes a la naturaleza humana misma, sin los cuales se abre la puerta al relativismo cultural, al olvido de la memoria, al nihilismo y al radicalismo (cf. Papa Francisco, Lumen fidei, n. 25). «Una cultura que rechaza al otro, recorta los vínculos más íntimos y auténticos, terminando por disolver y disgregar toda la sociedad y por generar violencia y muerte» (12 de enero de 2015). Para evitar estas consecuencias nefastas, el Papa mismo ─recordó el cardenal─ indica el horizonte de la fraternidad que «prevé el desarrollo integral de todo hombre y mujer [donde] las justas ambiciones de una persona, sobre todo si es joven, no se pueden frustrar y ultrajar, no se puede defraudar la esperanza de poder realizarlas» (Papa Francisco, Mensaje para la Jornada mundial de la paz 2014, n. 8).

(L’Osservatore Romano)

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