(Homilía por Jornada Mundial de la Paz celebrada el pasado 10 de enero de 2016 en la Catedral de San Juan Bautista)

Queridos hermanos y hermanas:

Desde 1967, a principio de cada año, la Iglesia celebra una jornada mundial por la paz. ¿A veces nos preguntamos por qué orar por la paz? O pensamos que la paz solo tiene que ver con la ausencia de guerras, o pensamos que la paz es un asunto que solo incumbe a los gobiernos, o que es un asunto que se debe dilucidar en la ONU o en las esferas internacionales y en no muy pocas ocasiones limitamos el concepto de la paz al ámbito civil.

La causa de la paz es inherente a la fe cristiana. Zacarías en su cántico se refería a Jesús como quien viene a “guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 79). En el cántico de alabanza que hace el ángel del Señor al momento del nacimiento de Jesús se expresa el deseo de paz: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por Él” (Lc 2, 14); en las bienaventuranzas, Jesús llama dichosos a aquellos y aquellas que se esfuerzan por la paz, “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. (Mt. 5, 9) Y, ya resucitado, las primeras palabras del Señor a los once fueron “La paz esté con ustedes”. (Lc. 24, 36)

Nos dice el Papa Francisco en su mensaje para esta jornada mundial que la paz es un don de Dios, un don que Dios nos confía a las personas y que estamos llamados a practicarla. (Ref. n. 1)

Para lograr la paz, el Papa nos invita a vencer la indiferencia “que humilla” (n. 2) porque esta, la indiferencia, “representa una amenaza para toda la familia humana” (Ibíd.). ¿Quién es el indiferente? Es “quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás…” (n. 3). ¿Cuales son algunas formas de la indiferencia que son un obstáculo para el don de la paz? La primera forma de indiferencia es la indiferencia ante Dios; de esta, brotan la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado (Ibíd.).

Re-fraseando las palabras del Papa Francisco, somos indiferentes, ante el prójimo cuando vemos sus necesidades de manera frívola; cuando no nos queremos comprometer con los que sufren o cuando no vivimos la compasión o somos incapaces de compadecernos; cuando solo tenemos ojos para mirarnos a nosotros mismos y no para fijar la mirada, como Jesús, en el otro, en la otra.

Somos indiferentes cuando no socorremos al que sufre en tierras lejanas, cuando por sentirnos tan y tan bien nos olvidamos de los demás. Esta indiferencia, “asume el aspecto de la inercia y la despreocupación” (n. 4) que alimenta las injusticias, las desigualdades, la violencia; es una falta al deber del bien común, y cuando la indiferencia y la despreocupación se dan en el gobierno, afecta la libertad, los derechos, la dignidad y justifica actuaciones que amenazan a la paz (ibíd.).

La buena noticia de todo esto es que Dios no es indiferente. Dios no es despreocupado, tampoco su actitud es la de la inercia. Dios no fue indiferente con Abraham, ni con José, ni con el pueblo egipcio. Siempre veló sus pasos. Y, Dios, en Jesús, nos reveló cara a cara su rostro atento y misericordioso. Jesús no fue indiferente ante los novios en las bodas de Caná, ni ante la viuda que había perdido a su hijo, ni ante la hemorroísa, ni ante la muchedumbre hambrienta, ni ante el dolor de Marta y María por la muerte de Lázaro, ni ante el dolor de Jairo, ni ante los paralíticos, ciegos, leprosos, pecadores; fue atento a todos: hombres y mujeres, ancianos, enfermos, viudas, niños, extranjeros.

En Jesús, la misericordia no admite indiferencia, pues la “misericordia es el corazón de Dios” (Ibid 5). En la parábola del Samaritano, Jesús denuncia a aquellos que ante la miseria, el dolor, el abandono y la necesidad “pasan de largo” y nos invita, por el contrario, a detenernos, no para curiosear como cuando vemos un accidente en las carreteras que detenemos la marcha para ver qué pasó. Jesús nos invita a detenernos para ayudar, para socorrer, para perdonar, para dar, para solidarizarnos.

Haber sido creados a imagen y semejanza del Todopoderoso no admite indiferencia ante Dios, ante el prójimo y ante la creación. Ser discípulos y testigos creíbles de Jesús supone una conversión del corazón petrificado por la indiferencia a un corazón de carne, encarnado en Cristo atento y misericordioso. La Iglesia, los cristianos y cristianas estamos llamados a ser misericordiosos como el Padre es Misericordioso. La misericordia no admite la indiferencia.

Por la tanto, estamos llamados desde nuestras familias, escuelas, y medios de comunicación a “transmitir valores de amor, fraternidad, de la convivencia, del compartir, de la atención y cuidado al otro” (Ibid. N. 6).

En su mensaje el Papa le hacía varios llamados al Estado: “Los Estados están llamados también a hacer gestos concretos, actos de valentía para con las personas más frágiles de su sociedad, como los encarcelados, los emigrantes, los desempleados y los enfermos” (Ibíd. N. 8). Apoyado en estas palabras, hoy pido paz y libertad, pido misericordia y compasión para Oscar López Rivera, quien el pasado 6 de enero cumplió 73 años de edad y quien lleva 34 años preso.

También en su mensaje el Papa hizo un llamado a “abolir o gestionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más pobres…” (Ibíd). Ante el asunto de la deuda grave, injusta e inmoral, ningún puertorriqueño/a debe sentirse indiferente. Esta deuda es una amenaza para la paz individual, familiar, laboral, gubernamental, política, económica, cultural y social. Esta deuda amenaza nuestra paz en cuanto pone en riesgo los servicios de salud, de seguridad, de educación, de empleo, de ayudas a ancianos y nuestros pobres quienes son el mayor tesoro de la Iglesia. Ningún gobernante, ni los aspirantes ni la oposición pueden pensar en un Puerto Rico mejor y en paz si no se resuelve el problema grave de nuestra deuda que ya está creando una crisis humanitaria y que requiere la unidad y una voz uniforme de nuestros líderes en el ejecutivo y legislativo.

El Papa nos hace un llamado a vencer la indiferencia. Oremos para que en el Congreso, en la Casa Blanca y en los corazones de los bonistas no haya más indiferencia ante el dolor, la desesperación, la frustración, el sufrimiento y el desconcierto de nuestro pueblo. Así como oramos y nos unimos para que no se disparase ni una bomba más en Vieques, es hora de orar para que ante la deuda no haya una indiferencia más.

Oremos, queridos hermanos y hermanas, por la paz no solo en Puerto Rico, sino en el mundo entero, especialmente en Siria, Tierra Santa y en toda la región del medio oriente. Oremos por la paz de las víctimas de la violencia, sus familiares, y oremos por el descanso eterno de los que han fallecido por la violencia del terrorismo.

Que María, Reina de la Paz, interceda ante su Hijo para que sacie nuestra hambre de paz. Amén.

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