El primer jueves luego de Pentecostés se celebra la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que a su vez sirve como preámbulo para la solemnidad de la Santísima Trinidad que ocurrirá el domingo, 31 de mayo.

Esta celebración tuvo sus orígenes en España en el 1935 y fue aprobada por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos el 21 de diciembre de 1971. Alrededor del mundo son muchos los países que han acogido esta fiesta.
La palabra sacerdote se compone de “sacer” y “dote” (sacrum y dotado) que significa que tiene el don de ofrecer el sacrificio o el que ofrece lo que se tiene que sacrificar, lo que se sacrifica a
Dios. Es por tanto la persona que desempeña la acción de sacrificar.

En el Antiguo testamento los sacrificios se hacían ofreciendo animales, acción que no logra la unión con Dios. Por el contrario, en el Nuevo Testamento es Cristo, Dios y hombre, quien se ofrece, para expiar los pecados y romper las barreras que los separan de Dios.
Él es al mismo tiempo sacerdote y víctima de valor infinito y por lo tanto su sacrificio acaba con la necesidad de los antiguos sacrificios que debían repetirse constantemente. Hay un solo sacerdocio porque hay un solo sacrificio.

Cristo es Dios y hombre. Como tal es el definitivo Profeta y Sacerdote de la Nueva Alianza. Dios lo ha dicho y hecho todo en su Hijo quien, como Hombre, Eterno y Sumo Sacerdote, se ofreció a sí mismo una vez y por todas en la Cruz.

“Tenemos, pues, un sumo sacerdote excepcional, que ha entrado en el mismo cielo, Jesús el Hijo de Dios. Esto es suficiente para que nos mantengamos firmes en la fe que profesamos. Nuestro sumo sacerdote no se queda indiferente ante nuestras debilidades pues ha sido probado en todo igual a nosotros a excepción del pecado”, (Heb 4,14).

Cristo se ofreció al Padre en la Cruz. Este sacrificio se hace presente en la Misa para que los fieles puedan ofrecer sus vidas y unirlas a Él.

(Fuentes: Variadas).

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