(Homilía en misa de rito de admisiones de 25 aspirantes al diaconado permanente en Parroquia Corazón de María).


 

Hoy, al haber iniciado el camino cuaresmal, nos encontramos en esta Iglesia de Corazón de María para la liturgia en la que 25 hermanos nuestros solicitan la admisión a la sagrada orden del Diaconado. Es significativo que estos hermanos nuestros sean admitidos al orden del diaconado en el día en que celebramos la Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes.

Lourdes es un lugar muy especial para los enfermos. Allí en Lourdes, los enfermos van con fe porque saben que en ese lugar Dios se manifiesta con su ternura y con su misericordia. Allí en Lourdes cada persona es un invitado especial. En Lourdes, María como en Caná está al lado de su Hijo porque donde está la madre, está el Hijo.

Lourdes no solo es un lugar de presencia milagrosa de María, sino que es un lugar de servicio. Que comenzó con “Bernadette, que fue el instrumento privilegiado para transmitir al mundo el mensaje evangélico de la Virgen, para descubrir el manantial del agua milagrosa, para pedir la construcción de la “capilla” (JPII, 11 febrero 1980). Inspirado en esto, innumerables personas se han dedicado y se dedican con extraordinario amor al servicio del santuario, especialmente al cuidado de los enfermos.

Ustedes se preparan para un servicio. Mucha gente se prepara para una profesión que les dé prestigio y lucro. Solo con eso en mente, se esfuerzan. Ustedes, por el contrario, estudian, se preparan y se sacrifican para un servicio, para un importante servicio. Un servicio a imitación de Aquél, quien vino a servir. El diácono es un servidor por excelencia. Es quien sirve a aquellos y aquellas a quienes Jesús vino a servir.

Esto que les digo lo tenía muy claro un diácono. Un gran diácono. Tal vez sencillo para algunos, pero muy agradable a los ojos de Dios. Ese diácono que es santo de la Iglesia es san Lorenzo.

Escuchemos algo sobre este santo por palabras del Papa Francisco: “Cuando pidieron a san Lorenzo que mostrara los tesoros de la Iglesia, llevó sencillamente a algunos pobres. Cuando en una ciudad los pobres y los débiles son cuidados, atendidos y ayudados a promoverse en la sociedad, ellos se muestran como el tesoro de la Iglesia y de la sociedad. En cambio, cuando una sociedad ignora a los pobres, los persigue, los criminaliza, los obliga a «mafiarse», esa sociedad se empobrece hasta llegar a la miseria, pierde la libertad y prefiere «el ajo y las cebollas» de la esclavitud, de la esclavitud de su egoísmo, de la esclavitud de su pusilanimidad, y esa sociedad deja de ser cristiana”, (31 de diciembre de 2015).

Los enfermos son uno de los grandes tesoros de la Iglesia. En ellos, Jesús quiere encarnarse. El enfermo tiene una gran necesidad de ver, de palpar, de sentir el rostro de Cristo misericordioso, atento, sensible y solidario. A mí me duele mucho cuando personas llaman a mi oficina desesperadas para decirme que tienen un familiar enfermo en las casas o en los hospitales y no encuentran a nadie que le atienda espiritualmente, que le hablen, que le lleven la comunión o las cenizas o las ramas en Domingo de Ramos. Se sienten como excluidos de la participación de la vida de fe. No se sienten tesoros de la Iglesia. Y ahora los veo a ustedes y me alegro de que en ustedes, los enfermos tendrán una mayor atención espiritual tan necesaria.

En nuestra arquidiócesis hay necesidad de una extensa labor pastoral en la que la labor del diácono se hace cada vez más importante. Nuestra Señora de Lourdes nos recuerda hoy la importancia de la pastoral de los enfermos, una pastoral de alta identidad diaconal.

También ustedes son admitidos a las órdenes en un año muy especial para la Iglesia: en el Año Santo Jubilar de la Misericordia.

Cada vocación en la Iglesia es fruto de la misericordia de Dios. Nosotros estamos aquí por su misericordia y nos llama a ser ministros de su misericordia. Un sacerdote, un diácono o un obispo sin misericordia es como aquella higuera sin fruto que encontró Jesús. (Mt 21, 19). Terminará por secarse. Una Iglesia sin misericordia es una Iglesia seca, sin fruto.

Por ello la importancia de vivir con intensidad, de vivir al máximo el Año de la Misericordia. Un Año que renueva nuestras energías, que permite redescubrir la necesidad de ser misericordiosos como el Padre (Ref. Lc 6, 36), un año que nos dice que la mejor manera de evangelizar es con el evangelio de la misericordia y la ternura de Dios.

Al concluir quisiera agradecer su disposición de servir a la Iglesia. Agradezco también el desprendimiento de sus esposas y el sacrificio que a veces esto significa para ellas y para la vida en familia. Agradezco al Padre Edwin Hernández, Vicario Episcopal para los Diáconos, por su colaboración tanto con los diáconos existentes como los que se preparan al diaconado.

Que la Virgen María, que se hizo presente en Lourdes, se haga presente en cada uno de ustedes y en su futuro ministerio al servicio de la Iglesia. Que el Señor les bendiga y les proteja siempre.

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