María acogió con plena confianza el anuncio del ángel Gabriel y creyó en la promesa de Dios. Lo reconoció su prima Isabel movida por el Espíritu Santo cuando exclamó: “Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45). Con su fe, María se abandonó a la omnipotencia divina como el padre Abraham. “Para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 37). El sí de María al ángel es su amén personal a la invitación que le hizo el Padre Dios para ser madre de su Hijo. Al mismo tiempo, es el amén al proyecto divino para la salvación del mundo.

La escuela de María

Al escuchar la Palabra de Dios hay que conmoverse, como lo hizo María. La falta de conmoción es signo de no abrirse al mensaje del amor divino. La Virgen María se preguntaba sobre el sentido de las palabras del ángel y le pidió aclaración sobre lo que no comprendía. Esta deber ser la respuesta del oyente a la palabra de Dios: inquietudes y buscar la comprensión del mensaje.

Al final, como María, el oyente dice que sí a Dios, aunque no entienda todo. Cuando Jesús se disponía a lavar los pies a Pedro, este se resistía. Jesús le dijo: Lo que yo hago no lo entiendes ahora, lo comprenderá más tarde. La Palabra de Dios y las obras de Cristo no se entienden en su totalidad ni en todas sus consecuencias desde el principio. El contenido de la fe no se alcanza todo de sopetón, sino poco a poco.

La imitación de María

El hijo de la Iglesia toma el camino de María cuando quiere recibir al Hijo del Dios vivo. El ángel Gabriel invitó a María al júbilo por la proximidad del Mesías. El Evangelio, que siempre resuena en la Iglesia, invita a todos los oyentes al gozo de conocer la salvación por la encamación del Hijo de Dios. Como lo hizo María, el itinerario espiritual del creyente para recibir a Jesús comienza con el júbilo de una promesa de salvación que se cumplirá.

La frase “llena de gracia” expresa la vocación de María, su misión y, por tanto, su auténtico ser delante de Dios. La verdadera identidad de María es una intensa comunión con Dios. El cristiano, en su realidad más profunda, pertenece a Cristo. Dios Padre lo entregó a Cristo en el bautismo, ofreciéndole su amor. Esta vivencia de la gracia bautismal es la condición para llevar a cabo la misión de los cristianos en el mundo: ser portadores de Cristo.

María Santísima fue la primera y la que mejor vivió el significado del nombre de Jesús, la cercanía del Reino de Dios por el Hijo hecho hombre. La unión de la Palabra hecha carne con María santísima es signo de la alianza del cristiano con Cristo. Convocado por la palabra de Cristo e investido con la fuerza de lo alto, el cristiano es luz del mundo y asume con entusiasmo su responsabilidad en la conducción de la historia hacia Dios.

Los recuerdos de María

Decía el Papa Juan Pablo II que los recuerdos de Jesús, impresos en el lema de María, le acompañaron en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han compuesto, en cierto sentido, el rosario que ella recitó en los días de tu vida terrenal (El rosario de la Virgen María, 11).

Aunque la Virgen María no rezó el Rosario como lo hacen sus hijos en la Iglesia, fue la primera que vivió su esencia, que es el recuerdo, la contemplación y la meditación de los misterios de la vida de Jesús (Lc 2:19, 2:51). El cristiano imita el consentimiento de María recordando a Jesús en la Eucaristía y llevando una vida santa.

(Nélida Hernández | Consejo de Acción Social Arquidiocesano)

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