La Doctrina Social de la Iglesia Católica enfatiza en la importancia y centralidad de la familia, como célula vital de la sociedad. San Juan Pablo II en la Encíclica Christifideles Laici (40) nos dice: “La familia es considerada, en el designio del Creador, como el lugar primario de la humanización de la persona y de la sociedad y cuna de la vida y del amor”. Es así como en la familia nos hacemos realmente personas: conocemos el amor, le damos sentido a nuestra existencia y cobramos conciencia de nosotros mismos.

La familia tiene una importancia social, pero ante todo tiene una importancia para el desarrollo de la persona. En la familia se aprenden las nociones del bien y del mal, se aprende a ser amado y a amar. De estas primeras enseñanzas nacen el sentido de justicia y solidaridad. En la familia cristiana, además, se transmite la fidelidad a Dios y se desarrolla un sentido de responsabilidad hacia los otros, en ella nace la evangelización.

La familia es una comunidad natural, que trasciende todas las culturas. En la Encíclica Familiaris Consortio (FC) San Juan Pablo II concluye que: “El futuro de la humanidad se fragua en la familia. Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia” (FC 86). De igual forma el Compendio de la Doctrina Social (CDSI) establece que ha de afirmarse la prioridad de la familia respecto a la sociedad y al Estado. El Estado debe estar al servicio de la familia.  Por eso: “Las autoridades públicas no deben sustraer a la familia las tareas que pueden desempeñar sola o libremente asociadas con otras familias; por otra parte, las mismas autoridades tienen el deber de auxiliar a la familia, asegurándole las ayudas que necesitan para asumir de forma adecuada todas sus responsabilidades” (CDSI 214).

Las responsabilidades principales de la familia son: la formación de una comunidad de personas, servicio a la vida, participación en el desarrollo de la sociedad, y participación en la vida y misión de la Iglesia. Mediante el amor, los padres deben ejercen su autoridad como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y estos,  con el respeto y la obediencia a los padres, contribuyen a construir una comunidad en la que puedan desarrollar una libertad responsable. La comunión familiar exige la disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón y a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones y los conflictos surgen, pero al mismo tiempo, cada familia está llamada a la reconciliación (FC 21).

La función social de las familias debe manifestarse también en intervención política. Las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no solo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente  sus  derechos y deberes. Las familias deben crecer en la conciencia de ser protagonistas y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia (FC 44).

Al hablar de la familia tenemos que reconocer a la Sagrada Familia como un modelo de vida familiar. Nos dice Familiaris Consortio: “Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza, la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente a las necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios sobre ellas” (FC 86).

Nélida Hernández

Consejo de Acción Social Arquidiocesano

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