La alegría ha de ser una característica que nos distinga como cristianos. En su carta a los Tesalonicenses el apóstol San Pablo exhorta a los cristianos: “Estad siempre alegres. Sed constantes en el orar. Dad gracias a Dios en toda ocasión, esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros” (1 Tes 16-18).  El Papa Francisco lo expone de la  siguiente manera: “La Alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (Evangelii Gaudium 1).

A través de su ministerio Jesús insiste en que estemos alegres. Esa alegría, vivida por las primeras comunidades cristianas, se transmite y se contagia. Por donde quiera que pasaban los discípulos dejaban una gran alegría (He 8, 8). Sus palabras anunciaban la Buena Noticia (evangelium). Si queremos ser cristianos auténticos, tenemos que sumergirnos en la alegría.

En su Encíclica Evangelii Gaudium (EG 2), nos dice el Papa Francisco: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza de la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren este riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos y sin vida. Esa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, esa no es la vida en el espíritu que brota del corazón de Cristo crucificado”.

No solo basta de llenarnos de alegría, sino que también tenemos que ser mensajeros de la buena noticia de Cristo. “Ya no se puede decir que la religión debe recluirse al ámbito privado y que está solo para preparar las almas para el Cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en la tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas para que las disfrutemos, para que todos puedan disfrutarlas. De ahí que la conversión cristiana exija revisar especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común” (EG 182).

Nuestra preocupación por transformar la sociedad  debe llevarnos a  crear estructuras que inserten a los pobres en la economía, mediante su promoción y desarrollo; a una distribución del ingreso más equitativa, a la creación de fuentes de trabajo y a la búsqueda del bien común. “La propuesta del Evangelio no es solo la de una relación personal con Dios. Nuestra respuesta de amor tampoco debería entenderse como una suma de pequeños gestos personales dirigidos a algunos individuos necesitados, lo cual podría constituir una ‘caridad a la carta’, una serie de acciones tendentes solo a tranquilizar la propia conciencia. La propuesta es el Reino de Dios” (EG 180). El mecanismo para llegar a esa transformación es el diálogo social. “Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones… Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural” (EG 239).

Ser mensajeros de alegría significa estar abiertos a un diálogo constante, en el cuál no solo anunciamos, sino que también denunciamos las injusticias y la violencia que de diferentes modos afectan a la sociedad (Compendio de Doctrina Social 81). La invitación en este Adviento es a constituirnos en esos mensajeros de alegría capaces de generar el diálogo de encuentro que necesita nuestro País.

(Nélida Hernández | Consejo de Acción Social Arquidiocesano)

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