El calendario señala que este jueves es 6 de febrero. Cuando se cumplen 11 años de aquel fatídico día, cuando mi vida dio un giro mayor a los 360 grados. No es necesario que el almanaque señalé el día, esa fecha se quedó marcada como una cicatriz, imposible de ocultar.

Fue ese día, que los dos seres que cargue nueve meses en mi vientre, a quien ayude a decir sus primeras palabras, aguanté con mi mano para ponerse de pie y luego se sintieran seguros para caminar, a quienes consolé tras una caída, a los que les puse mantequilla con sal para que no se les subiera el chichón, a los que le cociné, cuidé, canté, arrullé, añoñé, amé y sigo amando, concluyeron su estancia en la tierra porque su misión finalizó. Pablo Luis y Camila Betancourt Rodríguez de 8 y 6 años, respectivamente, los tesoros que Dios me prestó por un corto tiempo para que así pudiera experimentar el mayor amor que puede existir en el mundo, el de una madre por sus hijos.

El 6 de febrero a las 3:15 de la tarde, el Barrio Palmer de Río Grande se estremeció con el impacto del carro que se detuvo con el mío en la transitada Carretera número 3, lo que provocó que el trafico estuviese detenido por varias horas. En ese instante, dos angelitos subían al Cielo para reportarse ante Dios, mientras aquí en la tierra hacían todo lo posible por salvar mi vida.

No era mi tiempo y aunque fueron muchos meses de recuperación, cuidados, terapias físicas, sicológicas y medicamentos. Debo reconocer que la oración es poderosa. Conocidos y desconocidos, de diferentes religiones, rezaron incansablemente por mi recuperación y Dios hizo el milagro. Hoy estoy bien y de pie. Gracias a Dios y a mi familia que estuvieron todo el tiempo apoyándome.

Aunque este jueves se cumplirán 11 años de su partida, su recuerdo sigue intacto dentro de mi. Cierro los ojos y rememoro sus sonrisas, sus besos, sus abrazos, en fin, todos los hermosos momentos que vivimos. No pude estar en su funeral, el último beso, que nos dimos fue unos minutos antes del accidente cuando los recogí en la escuela esa tarde. Aunque grabaron videos de esos días en la funeraria, no los he visto y creo que a estas alturas, no debo hacerlo. Prefiero recordarlos felices, jugando, corriendo y sonriendo.

Tengo la certeza de que su ausencia la sufriré por siempre, y aunque nunca le he cuestionado a Dios el porqué, imagino como estarían ahora. Pablo Luis, mi científico favorito cumpliría 20 años en noviembre y la princesa, Camila, 18 en agosto. Cada día que pasa me resigno a hacerme la idea que no los veré jamás, pero me queda la satisfacción que hice todo lo que estuvo a mi alcance para que fueran felices. Los amo de aquí hasta el infinito y hasta mi último respiro seré su madre aquí en la Tierra y después por toda la eternidad.

Camille Rodríguez Báez
Twitter: @CamilleRodz_EV
c.rodriguez@elvisitantepr.com

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