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Mi peregrinaje comenzó desde el momento que me propusieron un viaje a México. Primeramente, me opuse pues mi sueño siempre había sido ir a Medjugorje. No obstante, mi ilusión comenzó cuando me explicaron que, de todas las apariciones de la Santísima Virgen, la Virgen de Guadalupe a Dieguito en México, es la única donde Ella tocó tierra. Desde ese momento comenzó mi peregrinaje, mis ansias de llegar al Santuario y mi gran expectativa de poder llegar hasta Ella.

Al día siguiente de nuestra llegada, ya me iba a encontrar con Ella. Llegamos: ¡Impresionante la Basílica! ¡Impresionante los peregrinos! ¡Impresionante las “andas” que habían preparado para presentarnos ante Ella! Subimos a la colina del Tepeyac, recorrimos toda la Basílica y, por supuesto, celebramos la Santa Misa. ¿Qué les puedo decir? Lo único elocuente eran las lágrimas, no solamente las mías, sino también las del que estaba a mi lado, las del que estaba detrás y las de los que estaban delante. Solo las lágrimas podían expresar el “Beso y la Ternura de Ella”. 

No hubo palabras, y si las hubo, yo no las escuché… Terminó el día, pero lo único que escuchaba era ese profundo silencio dentro de mí que me cautivaba, me enamoraba y hasta me enloquecía. Pero…  ¿todo terminó? ¿Qué la visita que tanto anhelaba había concluido? Sentí profunda tristeza, algo se quedó, algo se me quedó. “Madre, algo me faltó”.  Mi tímida oración solo pedía otra oportunidad. “Mamá poder volver a estar ahí, poder yo devolverte algo después de tanto amor, tanta ternura, tanto gusto a Cielo”.

Y esa oración fue escuchada. No sé ni cómo fue escuchada, pues al balbucearla tímidamente la ahogaba. No había esperanza, ya todo estaba planificado y no había otra visita. Pero se dio. No cuento detalles, pero sí les aseguro que el Taumaturgo Divino hizo otra más de las Suyas. El milagro se dio…

Esta vez corrí, no sé ni cómo, pero corrí sola, no había nadie a mi lado. Entré en la Basílica. Le hablé, caminé hacia un lado, caminé hacia el otro; por fin caí de rodillas… me deslicé hasta el altar… “Te entregué este detalle de amor”. Bajé a contemplar su imagen, la misma que, literalmente fue tallada por Dios. Trepé una y otra vez en la polea. “Te miraba, te contemplaba, volvía y volvía; y no me cansaba de mirarte…”.

Hasta que decidí salirme de ese lugar; ¿para qué? Para caer a los pies de Jesús Sacramentado. ¿Qué más puedo decir? …aquí se me dio, el “Beso de mí para Ti”. ¡Te amo, Mamá! ¡Gracias por esta oportunidad!

Peregrino anónimo

Diócesis Fajardo-Humacao

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