La caridad en la Iglesia

Simplemente quiero decir que nosotros tenemos que ser en la Iglesia la expresión de la respuesta entusiasta a ese amor de Dios. Y es preciso que desde nuestros hábitos externos o internos nos manifestemos con la verdadera comprensión y amabilidad, primero para con nuestros hermanos de congregación y luego para con los que nos miran e intentan ver siempre en nosotros este reflejo amoroso de Dios. Dicen que la mujer del Rey no solo debe ser buena, también debe parecerlo. Pues a nosotros nos ocurre lo mismo. El fraude que producimos en los que creen en nosotros, cuando no somos amables en nuestras oficinas o confesionarios, es una responsabilidad que pesa como una losa.

Es decir, habrá que repetir lo que hemos hecho con Dios; echarnos una mirada hacia dentro y otra hacia afuera. Hacia adentro para ver lo que somos y hacia fuera para ver cómo actuamos; porque del ser brotará el obrar. Cuando invertimos los términos podemos quedarnos fácilmente en lo fenoménico, en lo aparente. Y podemos encontrarnos en la auto traición más aparatosa, en la pérdida de nuestro control y presentarnos no como personas de Dios, sino sicut asinus et mulus, como seres extravagantemente animalizados.

En este contexto el celibato y la obediencia al Obispo serán nuestro mejor escudo. ¡La observancia enamorada, (estamos hablando de caridad), no la servil y a regañadientes, porque solo ella nos dará la categoría que buscamos!

El celibato no tiene por qué llevarnos a renunciar a nuestros encantos, sino ayudarnos a sentir que hay otro amor más fuerte que el radicado en la pura actividad sensorial. “Vuestro amor no ha de ser carnal, sino espiritual”, nos dice S. Agustín en la Regla.

La obediencia no está encaminada a matar nuestra capacidad de pensar y de decidir, sino a ponerla en un terreno fértil donde dará el fruto con que Dios ha querido que su Iglesia se manifieste santa y fecunda.

El celibato y la obediencia no son una mera renuncia, una aniquilación. Son un grano de trigo que muere para dar el ciento por uno, en equilibrio y paz personal. Si paz es, en la definición agustiniana, “la tranquilidad del orden”, solo cuando mantenemos nuestras facultades en la categoría que les corresponde, sentiremos la paz interior. De ella brotará nuestra dignidad personal. Nuestros sentidos externos, nuestros sentimientos, nuestra inteligencia, nuestra voluntad, nuestra fe; por este orden de valores. La fe debe iluminar la inteligencia y mover la voluntad frente a las sensaciones, como valor supremo de nuestro ser. Desde aquí la presencia de Dios ejercerá su influencia en los entresijos de nuestra personalidad y le dará la dignidad, perdida por el pecado original y superada con creces por la Gracia que nos trajo Jesús.

Si somos lo que tenemos que ser, importará poco nuestro quehacer: Obispo o cura de Ars.

Por supuesto que el apostolado es una de nuestras misiones más palpables. Entramos en el “hacer”. Pero, si no hemos hecho realidad aquella frase de Sta. Teresa: “Que quien me mire te vea”, podemos convertirlo en farfulla y en punto de mira de nuestro egoísmo. Y lo que debería ser manifestación del amor sobrenatural se convertiría en tímpanum tiniens, hojalata que ruge.

El granito de amor que pongamos en nuestros gestos apostólicos, valdrá más que los mismos gestos en sí, por muy arduos que se presenten.

Seamos pues, lo que debemos ser; plantemos y reguemos; aceptemos el plan de Dios sobre nosotros, como María ante su mensajero Gabriel; dejemos que Dios esté siempre a nuestro lado, para no impedirle que dé incremento a la planta de nuestras sanas inquietudes. Eso es también amor. Eso es también caridad.

(P. Isaías Revilla, OSA.)

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here