La palabra hambre ha fluido como un manantial en estos días de tristeza incontenibles.  Está unida a las otras hambres que pasaron nuestros antepasados en los días de terremoto y huracanes, también en la epidemia de la tuberculosis que dividía a los hogares y sembraba la consternación y miedo en hogares y vecindarios. Siempre habrá hambruna de alimentos, de prejuicios, de indiferencia.  Cuando el hambre afligía el estómago, se pensaba en el batatal y en un mocho que punzaba la tierra. Era al azar que, a veces encontraban una batata, a veces no.  Las frutas, la guayabas, las fresas, las pomarrosas servían para mitigar el hambre, robustecían el apetito que exigía más.

No había higiene recomendada, ni miedos añadidos, porque el hambre no tolera las reglas de la exquisitez diplomática.  Esa pasión es tan inmensa que cuando un avión se estrelló en tierra extranjera los sobrevivientes optaron por comerse unos a otros.  Para el que lee la noticia le parece repugnante, pero al que está con hambre pierde toda noción de respeto y consideración.

Se tiende a pensar que todos los puertorriqueños gozan de cabal salud alimentaria y que el plato vacío es herencia de Haití.  Cuando el terremoto que asoló a ese país los nenes comía tortitas de fango, un plato de confección casera, ausente en el menú internacional. Ese degustar lo que hay es realizado por los boricuas que debido, a que siempre la dispensa está llena, de las fincas norteamericanas y de otros países, no se ha visto en la necesidad de cambiar chicharrones por zanahorias a secas.

Nuestros campesinos madrugaban para ir a las fincas y  entonaban el estómago con  café prieto y puya.  A veces se chupaba una caña para compensar el vacío estomacal o se chupaban una china que aparecía en un árbol y desplegaban un optimismo vivo para echar palante a su familia.  No había pretensiones de ser cultos al escoger los alimentos, lo que aparecía era lo que se consumía.

Ahora se trae a colación el hambre como compañera inseparable de los niños pobres del País que a veces tienen que contentarse con el menú del comedor escolar. Esa realidad hiere y debe ser tema de reflexión.  No hay progreso posible cuando el hambre es huésped de muchos y va debilitando el deseo de vivir y soñar, estudiar, de abrirse paso para en un mundo injusto, en que los privilegios ahogan todo deseo de dominar la tierra y mirar lontananza.

Pensar que el poderío económico de San Juan es un reflejo de los campos y barrios pobres es una mezquindad respaldada por los tesoros escondidos.  Mientras unos navegan en haberes, en prestigio, en “resorts”, otros viven con préstamos, con trabajos “parttime”, con el desempleo.  Hacer causa común con los desvalidos es dar sentido a la democracia, a la justicia social, a la fraternidad.

El nene lloraba en la noche porque tenía hambre. Y la madre le daba agua con azúcar para consolar el estómago. Hay toda un experiencia que habla del hambre, del chocolate en la noche para aliviar las penas y el sueño fuera un olvido, un oasis para reflexionar…

A FAVOR: MANOS BUENAS

Partir el pan con el prójimo es delicadeza de espíritu. Se avanza en la virtud en la medida en que el mandato de Cristo se acoge con solicitud fraternal. Cada vez que alguien implora ayuda para mitigar el hambre, se actualiza el mensaje siempre nuevo. No es bueno que el cristiano pase por alto el momento de luz que hace referencia a la Sagrada Escritura. Ese amor será básico para disfrutar de los bienes eternos con todos los santos.

EN CONTRA: ABUSO

El desenfreno sexual tiene sus víctimas cerca de la pobreza y la adolescencia. Ante el hambre y la ignorancia se sitúan los aprovechados de ocasión que ofenden  con sus propuestas. Responder con el desorden pasional indica dominio, una especie de poderío que hiere con sus insinuaciones. Aprovecharse de una situación de emergencia para poner de rodillas a otros es pecado de lasa humanidad. Conviene, pues, estar alertas y no caer en las manos de los mercaderes de la dignidad humana.

Padre Zabala Torres, Editor

El Visitante de PR

 

 

 

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