(Homilía por bendición del Altar en la parroquia Santa Cruz en Trujillo Alto el 29 de julio)

Querido P. Carlos y Hnos. Diáconos; amado Pueblo Santo de Dios:

El versículo responsorial del salmo 118 que hemos proclamado: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!” enmarca nuestra asamblea en la que celebramos juntos, como en todas las Misas, el memorial de la muerte y resurrección de Jesús que nos da vida. Esto lo hacemos hoy sobre un nuevo altar que vamos a consagrar.

El altar es el signo por excelencia del Calvario, y es, al mismo tiempo, mesa del Banquete que el Padre ofrece a sus hijos e hijas, que es excelente signo del amor salvífico de Dios y prenda del banquete celestial. El altar, donde el Hijo unigénito de Dios se anonada tomando la condición de esclavo y cargando sacrificialmente con los pecados de la humanidad entera, es el lugar donde el ser humano es elevado a la condición divina de hijos e hijas adoptivos de Dios. Es Cristo quien ha dicho: “Quien come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él”, (Jn. 6, 56).

El altar es también el centro del Templo, imagen de la Iglesia; y es, al mismo tiempo, el centro de la vida cristiana porque, por la Eucaristía que sobre él celebramos crecemos como miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo, que es Dios y hombre verdadero.

En el altar se hace realidad para nosotros, cada día, la Alianza Nueva y Eterna que Jesucristo selló con su sangre. Cuando participamos del altar, al recibir el Cuerpo y Sangre de Cristo, fortalecemos nuestra incorporación a la Alianza y afianzamos nuestra condición de redimidos y herederos de la Gloria que Dios nos tiene preparada.

En estos últimos domingos de julio hemos caminado la “ruta de las parábolas.” Hemos leído varias. El domingo pasado leímos la de la cizaña, porque es una explicación necesaria de Jesús a unos de los grandes enigmas de la humanidad: la coexistencia del bien y del mal dentro de la presencia del Dios Bueno. Es la pregunta de: “¿Por qué Dios permite esto? Y, desde luego, hay situaciones muy cercanas que nos llevan a hacer esa terrible pregunta. La libertad absoluta de hombres y mujeres les lleva a asumir su propio camino. La idea de “imagen y semejanza” anunciada por Dios en el momento de la creación del género humano es eso. Dios es libre. Nosotros, también. Resulta chocante que el poderoso deje ser libre al débil. Pero Dios es así. Y es que nuestra libertad para hacer el bien o el mal está presente en nuestras vidas y no hay nadie que no haya experimentado su capacidad cotidiana para hacer el bien y el mal. Es esa libertad plena la que nos lleva a poder elegir el tesoro del Reino de Dios, total y libremente, sin ser coaccionados. La capacidad de discernimiento que nos da nuestra libertad nos lleva a vivir el Reino de Dios.

En la parábola del tesoro escondido que San Mateo nos presenta, Jesús nos muestra que todo hombre y toda mujer buscan su tesoro. Muchos creen que lo han encontrado cuando, en realidad, solo han hallado fantasías. Hay que saber distinguir cuál es nuestro tesoro oculto, verdadero y necesario para que nuestra vida sea mejor. Lo que Jesús llama tesoro no son riquezas materiales e inmediatas como el dinero, aunque Él sabía que el dinero es necesario para lograr una vida digna. Lo que Jesús desea es dar verdad a nuestras vidas y enseñarnos que el verdadero tesoro que necesitamos para ser felices es vivir en sintonía con el Reino de Dios, que está dentro de cada uno. No podemos dejar de enfatizar que para conseguir el tesoro es necesario dejar lo que nos impide tenerlo. En este sentido, los que tienen mucho dinero están llamados a compartirlo con los pobres y necesitados para que puedan disfrutar de una vida digna. Los gobiernos deben preocuparse de que los pobres no carezcan de los elementos básicos para una vida digna. La iglesia y los cristianos y cristianas estamos llamados todos a la caridad y la solidaridad.

En el fragmento del Libro de los Reyes que hemos leído escuchamos una pregunta fabulosa que a todos y todas nos llama la atención. Dios le preguntó a Salomón: “Pídeme lo que quieras”. Salomón contestó: “Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. El Señor entusiasmado por la respuesta le dio lo mejor que se puede encontrar en la tierra. Es obvio que Salomón optó por lo que significa el Reino de Dios. Por eso esta respuesta de Salomón guarda relación con el tesoro de la parábola en el Evangelio. Pero, también, se pone de manifiesto un hecho muy habitual y corriente en la vida humana. Pedir a Dios lo que necesitamos o lo que creemos nos falta”. Jesús dice: “Pidan y se les dará”. Por eso podemos pedir a Dios todo lo que queramos, pues Él como Padre Bueno entenderá nuestras peticiones. ¡Qué mejor pedir que nos dé el Pan nuestro de cada día, que es Jesús Eucaristía presente sobre el altar!

Hemos escuchado también un breve pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos. Sin embargo, es fundamental pues resume el plan completo de Dios para nuestra salvación. La doctrina de la Iglesia ha hablado de vocación, elección, predestinación y justificación como los pasos para dicha salvación. Ese plan de salvación tiene dos lados inseparables. La salvación es individual y a la vez comunitaria. La salvación llega a cada uno de nosotros, pero envuelta en un conjunto de bienes: amor, solidaridad, belleza y felicidad. Por eso, las palabras de San Pablo nos ayudan a comprender mejor lo que es el Reino de Dios.

Participar en la Misa y en la Consagración del Altar, como estamos haciendo aquí hoy, constituye un signo elocuente de nuestra intención y compromiso, como parroquia, de unirnos a Cristo en su ofrecimiento al Padre como sacrificio agradable al Padre de las Misericordias y Dios de todo consuelo. Como la Eucaristía hace a la Iglesia, al participar consciente y gozosamente en la Consagración del Altar, lugar de la Eucaristía como Sacrificio y como Banquete, manifestamos, también, la voluntad de fortalecer nuestra integración activa como Pueblo Santo de Dios en esta parroquia. Manifestamos nuestro compromiso de celebrar cada domingo los Misterios de nuestra redención según el mandato del Señor: “Hagan esto en memoria mía,” que son las Palabras de la Consagración.

Queridos hermanos y hermanas, gracias por perseverar como fieles de esta Parroquia de la Santa Cruz, que es parte íntegra y muy querida de nuestra arquidiócesis. Les encomiendo a nuestra Madre, María, Nuestra Señora de la Providencia, patrona principal de toda la nación puertorriqueña, que con su vida proclamó: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!”. Quisiera terminar citando un verso del conocido canto que dice: “El amor de Cristo nos reúne en banquete fraternal con la luz de nuestra fe en el alma, acudamos juntos al altar”.

Que el Señor les bendiga.

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