“El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal 125) es algo que no podemos callar y queremos compartir.

El pasado 19 de septiembre de 2016 mi hijo Enrique Cruz volvió a nacer. Ese día tuvo una cirugía donde se extrajo un tumor dentro del cordón espinal entre las vértebras C3-C6. Al principio se pensaba que se trataba de un espasmo muscular, pero al aumentar los síntomas de adormecimiento de los brazos y vómitos matutinos le pedí al médico realizarle un MRI. Este estudio demostró que había una masa dentro del cordón espinal y sugería ser un astrocytoma. Luego la patología confirmó ser un schwannoma el cual normalmente es benigno (para aquel lector que conozca los términos).

Luego del MRI todo ocurrió en una semana. Tan pronto obtuvimos la lectura el pediatra coordinó para el día siguiente una cita con un excelente neurocirujano. En esa cita el neurocirujano fue bien claro con nosotros y en 20-25 minutos nos explicó la cirugía y todos los posibles riesgos. Aquí cayó el primer balde de agua fría, pero también nos dijo que los puntos a favor eran: joven y saludable.

Desde que salimos de la oficina del médico hubo un inmenso silencio sin ninguna reacción y se mantuvo toda la noche. El resto de la semana no dio tiempo para pensar debido a otros estudios y lo que conllevaba el proceso de pre admisión. El domingo fuimos a Misa como de costumbre y le presentamos nuestra preocupación al Señor. Toda una comunidad de fe en oración y creció la cadena hasta convertirse en todo un pueblo de Dios unido.

Puedo confesar que tuve una fortaleza que no tengo palabras para explicar, pero lo intentaré. Desde el principio, me sentía sumergida en una paz especial y profunda, entendí y experimenté lo que es abandonarse en los brazos de Dios y confiar en su plan. De mis labios no salieron los riesgos de la cirugía (quedar parapléjico o atado a un ventilador, entre otros) porque no le podía dar fuerzas a lo que no iba a suceder. Esto me enseñó a vivir un día a la vez, pues “a cada día le basta su propio afán”, (Mt 6, 34).

En mis oraciones tenía la confianza de que al llegar el día de la cirugía, Jesús, médico por excelencia, estaría allí en el hospital mucho antes que nosotros para realizar su milagro. Durante las seis o siete horas de cirugía estuvimos acompañados físicamente de un grupo de familiares cercanos y en la oración de toda una comunidad de fe que gracias a las redes sociales nos acercan aún en la distancia. Todo un pueblo de Dios en oración, conocidos y no conocidos, de toda la Isla, de Estados Unidos y hasta de México. ¡Descubrí el poder de la oración!

Al final de la cirugía el doctor nos comunicó que había removido todo el tumor, lo cual fue confirmado al día siguiente con un MRI.
Fuerte fue en días siguientes darnos cuenta que debido a la cirugía se quebrantó todo el Sistema Nervioso. Por lo que fue necesario ser admitido en una clínica de rehabilitación, terapias físicas y ocupacionales.

Yo le decía a mi hijo: “El milagro está dado, solo que el cuerpo necesita tiempo para reponerse”. Su juventud, su fe y confianza en el Señor fueron motivos para mantenernos en pie de lucha. Él fue nuestro maestro, nunca se borró la sonrisa de sus labios.

A las tres semanas regresó al Colegio Universitario de Cayey donde estudia biología con miras a continuar estudios en medicina, aunque con la ayuda de un andador. Y no fue casualidad que el domingo que regresamos al templo para darle gracias a Dios, correspondía la lectura de los diez leprosos, que solo uno regresó a dar gracias. Además, el día que volvió a servir en el altar (él es monaguillo desde los 7 años) fue el Domingo de la Alegría en Adviento. Esos son los signos del Reino como dice nuestro párroco.

Yo siempre he tenido presente que mis hijos no son míos, son de Dios y me ha dado la responsabilidad de cuidarlos y velar por ellos aquí en la Tierra, educarlos tanto espiritual e intelectual, que sepan el camino de vuelta al Padre. En mis oraciones diarias le pido al Señor abundantes bendiciones y salud para el médico, que pueda seguir siendo instrumento para dar sanación a otros tantos pacientes.
A 2 meses de la cirugía cumplió sus 18 años, cada día celebramos gozosos porque en todo este proceso Dios se ha manifestado, hemos sentido su Presencia y podemos decir como Job (42, 5): “Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos”.

(Rochelly Reyes)

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