9 de octubre: Primera Misa para novios y recién casados en Catedral

Hoy, vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario, nos reunimos en esta Catedral de San Juan Bautista para celebrar la Primera misa arquidiocesana para novios y recién casados, propulsada por la pastoral de novios de la Vicaría de la Familia.

A cada uno, a cada una de ustedes, les quiero agradecer su presencia y decirles que la fe en Jesús es el mejor fundamento para su relación y que el amor de Dios vivido en pareja es el mejor tesoro, el mayor bien que se puede amasar.

Como sugería San Pablo, el amor lo es todo, lo puede todo, lo sacrifica todo. Pero ese amor, como el pequeño grano de mostaza del que nos habla Jesús, tiene que hacerse crecer, para que sea frondoso, para que dé frutos, para que se vea, se palpe, se sienta, para que esté ahí, en todo momento, en cada amanecer, en cada prueba, en cada gesto.

La liturgia, para este domingo, nos presenta unas lecturas cuya reflexión nos ayudan a avanzar en nuestro caminar hacia Dios.

La primera lectura, tomada del segundo libro de los Reyes, relata la curación de Naamán, jefe del ejército arameo, de su condición de leproso. ¿A dónde fue a buscar curación? Fue donde un hombre de Dios, el profeta Eliseo quien lo envió a sumergirse siete veces en las aguas del río Jordán. (Aquí encontramos la raíz bíblica de la tradición sanjuanera de bañarnos en la playa en vísperas de la fiesta de San Juan Bautista, sumergiéndonos siete veces de espaldas en el mar). Nos dice la lectura que su carne quedó limpia, como la de un niño. Se curó obedeciendo. La obediencia a Dios nos limpia, nos cura. Nos hace lucir distintos, nos transfigura para hacernos parecer más a su imagen y semejanza.

Ante el favor de Dios, Naamán realizó un gesto que siempre debe estar presente en cada ser humano: el agradecimiento. Él vuelve donde el profeta y dice: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor”. Siendo extranjero, Sirio, confiesa su fe en el Dios de Israel.

Aprovecho este contexto, para que oremos, que de la misma manera que este sirio, Naamán, sintió el favor de Dios y fue curado de su lepra, que igual, el pueblo sirio, reciba de Dios el favor, el don de la paz. Se estima que sobre medio millón de personas han muerto en Siria en los últimos años a consecuencia de las guerras y que de estos, el 27 % son niños y niñas. A esta desafortunada cifra hay que sumarle los heridos, los que han tenido que emigrar, los que sufren hambre, frío, contaminación, los que lloran por la pérdida de familiares.

El mundo entero anda buscando curas para enfermedades, se gastan billones de dólares en pruebas científicas, pero descuidan la peor de ellas, la guerra. Esta es la enfermedad que está acabando con el mundo entero, es epidémica; no podemos ser indiferentes; hay que orar por la paz, trabajar por ella, educarnos y educar a nuestros hijos e hijas en la paz; una paz que en la familia puede encontrar el mayor fertilizante.

Por su parte, el Evangelio de hoy nos presenta la curación por parte de Jesús de diez leprosos. Nos dice Lucas que Jesús iba caminando y que a su encuentro vinieron diez leprosos que se pararon a lo lejos y desde esa lejanía le gritaron diciendo: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Jesús al verlos los manda a presentarse a los sacerdotes, pero mientras iban de camino, quedaron limpios. ¿Y qué pasó? De los diez curados, solo uno volvió alabando a Dios a gritos; se postró ante Jesús.

Ante la falta de agradecimiento de los nueve, Jesús hace tres cuestionamientos: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?”. Al que volvió Jesús le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”.

De tantos curados del cuerpo en las lecturas de hoy, solo dos hombres regresan a dar gracias a Dios y, además de curarse del cuerpo, se abren a la fe y esta fe los cura en el alma, los limpia, es decir, los salva, y los hace vivir agradecidos de Dios.

Comentando este Evangelio un Padre de la Iglesia dijo: “ Esperan desde lejos como avergonzados por la impureza que tenían sobre sí. Creían que Jesucristo los rechazaría también, como hacían los demás. Por esto se detuvieron a lo lejos, pero se acercaron por sus ruegos. El Señor siempre está cerca de los que le invocan con verdad” (Teofilacto).

Jesús no rechaza a nadie. En tiempos de estos leprosos la ley los excluía de la sociedad, los marginaba. Mientras la ley rechaza, el Evangelio acerca. El Evangelio es acercamiento a Jesús. No podemos predicar en nombre de Jesús un evangelio del alejamiento, sino del acercamiento, del encuentro, de la conversión, de la purificación. Como a los leprosos del Evangelio, Jesús también nos quiere limpiar a todos y a todas con su misericordia.

En un rezo del Ángelus, el Papa Emérito Benedicto XVI sobre la curación de los diez leprosos dijo: “Jesús cura a los diez enfermos de lepra, enfermedad en aquel tiempo considerada una ‘impureza contagiosa’ que exigía una purificación ritual (cf. Lv 14, 1-37). En verdad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia. Esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es Amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal” (14 de octubre de 2007).

Queridos novios, queridas parejas de recién casados, queridos fieles todos, las lecturas de hoy nos enseñan que alejados de Dios no podemos ser curados, no podemos ser alcanzados por su misericordia; además nos enseñan que obedeciendo la voluntad del Padre somos curados, somos purificados; y una tercera enseñanza es que el agradecimiento a Dios nos cura del cuerpo y del alma.

De la misma manera que hay que pedir a Dios a gritos, hay que agradecerle a gritos, como hizo la persona curada en el Evangelio de hoy. En su noviazgo, en su matrimonio, miren a Jesús de cerca; eviten mirarlo de lejos. Jesús pregunta siempre: “¿Dónde están los nueve? ¿Dónde están los bautizados? ¿Dónde están los casados por la Iglesia? ¿Dónde están sus hijos e hijas?”. Y, Jesús pregunta esto, porque los quiere cerca, los quiere alcanzar con su misericordia, aún a los que se encuentran en posteriores matrimonios que no se han casado por la Iglesia o se encuentran en convivencias. Acerquémonos todos a Jesús.

Por último, San Pablo nos invita en la segunda lectura de hoy a hacer memoria de Jesucristo. Decía muy acertadamente el Papa Francisco: “Si falta la memoria de Dios, todo queda rebajado, todo queda en el yo, en mi bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden la consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener. Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio” (Homilía, 29 de septiembre de 2013).

Si en el matrimonio se pierde la memoria de Dios se pierde su fermento, pierde su conexión con la vid de la vida, se agrieta, se debilita esa unión y comienzan a vivir eclipsados de la Luz verdadera. Tener memoria de Dios es dejarse guiar por Él, encomendar todo a Dios, es hacerlo el centro y fundamento de la familia. Sean memoria de Dios el uno para el otro, sean memoria de Dios para sus hijos e hijas.

¿Quieren tener un matrimonio a plenitud? Tengan memoria de Dios; sean memoria de Dios. Desmemoriados de Dios el matrimonio se convierte en un desierto; teniendo memoria de Dios, haremos del matrimonio un oasis de amor y de gracia. ¡Que el Señor les bendiga y les proteja siempre!

 

 

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Dr. Héctor Balvanera destaca el valor histórico y espiritual del Santuario de la Madre de la Divina Providencia

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Durante su exposición, explicó que la historia de esta advocación mariana no puede comprenderse únicamente desde su reconocimiento como patrona, sino también desde los espacios sagrados, las imágenes y las prácticas religiosas que permitieron transmitir su significado de generación en generación. La reconstrucción de la Catedral y el origen del Santuario El Dr. Balvanera situó los orígenes del santuario en el proceso de reconstrucción de la Catedral de San Juan Bautista durante el siglo XIX, particularmente bajo el impulso del obispo Gil Esteve y Tomás, quien llegó a Puerto Rico en 1849. La Catedral, cuya construcción y transformación se extendieron durante varios siglos, había experimentado daños y modificaciones como consecuencia de fenómenos naturales y dificultades económicas. El proyecto de restauración permitió reorganizar y embellecer el templo, integrando elementos arquitectónicos y artísticos que reforzaron su importancia como sede episcopal. Según explicó, la reapertura solemne de la Catedral en 1852 fue interpretada por sus contemporáneos como una manifestación de la providencia divina. En ese contexto surgió la iniciativa de establecer un espacio dedicado a Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, como expresión de gratitud por la culminación de las obras. El investigador destacó que la creación del santuario no fue una iniciativa aislada, sino parte de un mismo proyecto que buscaba restaurar tanto la estructura material de la Catedral como fortalecer la vida espiritual de la Iglesia en Puerto Rico. Un espacio donde el arte y la liturgia se encuentran Uno de los aspectos más destacados de la conferencia fue el análisis arquitectónico de la capilla dedicada a la Virgen, establecida en un espacio anteriormente vinculado a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Balvanera explicó que su ubicación dentro de la Catedral responde a una organización que establece una relación entre los espacios dedicados a la Eucaristía y a la devoción mariana. Esta disposición permitió integrar el santuario al conjunto arquitectónico sin restar centralidad a las celebraciones litúrgicas. Asimismo, destacó el valor del programa iconográfico de la capilla, cuyas representaciones relacionan acontecimientos y personajes del Antiguo y Nuevo Testamento con la figura de María y su participación en la historia de la salvación. El investigador también abordó la evolución de las imágenes veneradas en el santuario, comenzando con el conjunto escultórico de la Virgen y el Niño encargado en Barcelona en 1853. Con el paso de los años, el espacio experimentó transformaciones y enriquecimientos artísticos, entre ellos la construcción del camarín en 1881 y la incorporación de elementos decorativos que resaltaron la dignidad de la imagen mariana. Una devoción construida por el pueblo Más allá de los elementos arquitectónicos, el Dr. Balvanera destacó el papel fundamental de los fieles en el desarrollo y sostenimiento del santuario. Desde sus comienzos, la comunidad participó en la adquisición de imágenes, el financiamiento de obras y la organización de celebraciones religiosas. Las novenas, las misas cantadas y otras prácticas de piedad contribuyeron a establecer una tradición devocional que trascendió generaciones. En este sentido, explicó que el reconocimiento de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia como Patrona de Puerto Rico no puede entenderse únicamente como resultado de una disposición eclesiástica, sino como la culminación de un proceso espiritual y cultural desarrollado durante décadas. La permanencia de las celebraciones y el compromiso de sacerdotes, benefactores y comunidades permitieron conservar esta tradición incluso durante los períodos de transformación del santuario. La coronación de 1953 y la identidad puertorriqueña La última parte de la ponencia estuvo dedicada a las intervenciones realizadas entre 1951 y 1953, relacionadas con la coronación de la imagen de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia. El investigador explicó que estos trabajos incluyeron la restauración de elementos del santuario y de la imagen, así como la incorporación de símbolos que reafirmaron el vínculo entre la advocación mariana y el pueblo puertorriqueño. Entre ellos destacó la colocación del escudo de Puerto Rico y una inscripción conmemorativa que identificaba a la Virgen como protectora del país. Para Balvanera, la coronación de 1953 representó el reconocimiento solemne de una realidad espiritual construida durante un siglo mediante la participación de generaciones de fieles. También llamó la atención sobre la presencia de la cripta episcopal bajo el santuario, un elemento que permite relacionar la historia de la devoción mariana con la sucesión de los pastores que han acompañado a la Iglesia en Puerto Rico. Patrimonio, memoria y fe Al concluir su intervención, el Dr. Balvanera subrayó que los patronazgos religiosos requieren mucho más que reconocimientos oficiales: necesitan lugares, imágenes y prácticas capaces de conservar y transmitir la memoria espiritual de una comunidad. Desde esta perspectiva, el Santuario de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia constituye un testimonio vivo de la relación entre la fe católica y la identidad puertorriqueña. Su historia demuestra cómo la arquitectura, el arte y la liturgia pueden convertirse en expresiones concretas de la experiencia religiosa de un pueblo. La ponencia ofreció así una mirada al patrimonio mariano de Puerto Rico, invitando a reconocer en el santuario catedralicio no solamente un espacio de veneración, sino también un lugar donde convergen la historia, la memoria colectiva y la fe de generaciones de puertorriqueños.

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