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La primera lectura de hoy, del Profeta Ezequiel, trae el tema fundamental de su profecía y servirá como preámbulo de la liturgia de hoy: Jesús es el Dios de la Vida.

Aunque nosotros somos seres de carne y hueso, San Pablo, en la segunda lectura de hoy de la Carta a los Romanos, expone la primacía del Espíritu sobre el cuerpo y que tenemos que aspirar los bienes espirituales sobre los materiales.

El Evangelio de San Juan nos presenta el que podría ser el más impactante de todos los milagros de Jesús, salvo su propia resurrección: la resurrección de Lázaro.

San Juan, más que ninguno de los demás evangelistas, nos presenta los milagros de Jesús, no como importantes en sí mismos, sino como signo de una realidad más profunda. Es por eso que, en este Evangelio, no se usa la palabra “milagro” sino la palabra “signo” y son sólo siete.  

La primera lectura da la clave: Dios es el Dios de la Vida, el dador de Vida, el que vivifica lo que está muerto. Esta es la gran tesis del profeta Ezequiel (recordemos su metáfora de los huesos vivificados). Para el pueblo de Israel, Dios es el único que nos puede dar vida, y Jesucristo lo tenía bien claro. Es por eso que este signo-milagro fue trabajado por Jesucristo con sumo cuidado, para darle conocer a todo el mundo que Él es Dios, puesto que es dador de vida.  

¿Qué tan importantes eran los hermanos Lázaro, Marta y María para Jesús? Su casa era el lugar donde Jesucristo pernoctaba cada vez que llegaba a Jerusalén. Jesucristo vivía en Cafarnaúm, al pie del Mar de Galilea, lejos de Jerusalén. No nos dice las Sagradas Escrituras cómo estos tres hermanos se convirtieron en discípulos de Jesús, pero eran discípulos importantes porque era en su casa en donde Jesús se quedaba. Betania estaba a un par de millas de Jerusalén; se podía ir a pie de Jerusalén a su casa. Cuando Lázaro se enferma, Jesús no corre a curarlo, sino que se da puesto, espera a que muera. Cuando llega ya Lázaro lleva cuatro días de muerto. Su cuerpo estaba putrefacto, descompuesto. Sobre todo, su alma, estaba ya en el más allá. Jesucristo, a pesar de que tenía poder, quería algo más, quería un acto de fe que se lo da Marta. Ante la fe de Marta, Jesús habla, llama a Lázaro. No necesitó tocar ese cuerpo putrefacto, con su sola Palabra, ese cuerpo se compone, se vivifica, se refresca, se reconstituye. Pero su voz cruza el umbral de la muerte, llega al más allá, llama al alma del Lázaro que está en el lugar del no retorno, y esta alma retorna al cuerpo que ya se reconstituye y vuelve a funcionar, a tener vida.

Obviamente, todos los testigos del evento se quedaron estupefactos: cómo la sola voz de Jesús pudo reconstituir a un cuerpo podrido y darle vida, y cómo esa voz llegó al más allá para traer el alma de Lázaro al más acá. ¿Quién es el único capaz de hacer esto? Los judíos tienen miedo de dar respuesta, pero nosotros los cristianos la tenemos: Dios, el Verbo hecho carne que habita entre nosotros.

P. Rafael “Felo” Méndez Hernández, Ph.D.

Para El Visitante

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