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Un convencido seguidor de Jesús seguro que ha de cuestionarse sobre el voto democrático que se le pide. Si se trata de influir en la sociedad en que vivo, la fe me anima a influir, para que los valores cristianos y humanos se cultiven y reinen.  Pero la pregunta surge: ¿debo votar para que la visión de nuestra comunidad católica, su práctica de la moral y la conducta sea la que se imponga a través de mi voto? Difícil la respuesta. Lo que sí obliga primariamente es a la participación ciudadana. Si decido no votar, sería a lo más como una forma de voto protesta ante lo que se presenta como opción, y no por vagancia o despecho. Mi participación es parte de mis convicciones sobre la sociedad que Jesús quiere que vivamos. 

Desde luego, formar un partido político cuya plataforma sea la visión de una sociedad como si fuese un monasterio, no puede ser. La experiencia nos indica que, cuando se intentó, el resultado fue un “tiro por la culata”. La razón profunda es que la fe, mi convicción de lo que Jesús desea como norma de vida en sus seguidores a través de nuestra Iglesia, es siempre una propuesta. La fe viene por atracción, no por imposición.  Una fe impuesta es como un amor obligado: ¡desastre!

Lo que deseamos, y lo que otros seres humanos sin mi convicción religiosa desearían, es que vivamos el amor entre los que convivimos. Amor que significa no el romanticismo o la pasión, sino el deseo de no hacer daño; el deseo de buscar el bien del otro, el que yo puedo ofrecer y el otro quiera aceptar. Un programa político buscaría que la conducción de la sociedad se fundamente en el deseo de lograr lo bueno para el otro. Claro, todos los políticos responderán que eso es lo que ofrecen: lo bueno. Habría, pues, que discernir si la oferta política la entiendo como buena, a los ojos de los valores evangélicos. Me pregunto: ¿no me estarán guiando mis intereses egoístas, los resultados para mi bienestar sin tener en cuenta si resulta igual para todos, los valores que todo ser humano desea se vean logrados en esa sociedad ofrecida al votante?  

Otra pregunta más concreta: ¿debo votar por el candidato, o plataforma, que defienda a ultranza una enseñanza moral de las nuestras, como por ejemplo el rechazo al aborto? Considero que no, por dos razones. Primero porque habría que examinar toda la visión de la sociedad presentada. Me alegra que un candidato proclame no aceptar el aborto, pero ¿es persona honesta; está robando, fomenta el racismo, el clasismo; su estilo de vida es cónsono con lo que defiende? O sea, hay que examinar todo el paquete. El que sólo enarbole una biblia comentando que la lee y obedece, no es la respuesta. Y la segunda razón: que en una sociedad pluralista, en que hay muchas otras visiones religiosas que requieren libertad y respeto, no podría yo imponer lo que es visión particular de mi comunidad, o lo que es una conclusión cuya bondad no todos aceptan o entienden.

La doctrina social de la Iglesia me impulsa a intervenir en el bienestar de mi comunidad. Mis valores los debo vivir, y compartir con otros. Mi deseo es que esos valores se vayan aceptan por otros como deseables y más conformes con nuestra condición humana. La fe, decimos, no destruye la naturaleza, sino que la eleva. La vivo, la propongo, la expongo, la justifico, pero nunca la impongo. Lo demás lo hará Dios. Y, a veces, entre muchos males, me toca tristemente aceptar el mal menor. Porque al contener lo menos malo contiene algo bueno.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante