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Una llamada requiere una respuesta. La Hna. Gabriela Angulo Muñiz recibió la llamada del Señor a consagrar su vida a Él y a la Iglesia, y respondió aun cuando eso supuso una lucha para ella. “¿Qué me vas a pedir que siento que no te quiero entregar?”, le preguntaba al Señor camino al retiro vocacional en que sintió la invitación especial de Jesús. Significó “soltar algo que estaba queriendo”: sus estudios universitarios con miras a ser veterinaria.

Pero el amor fue más fuerte y en 2013 inició el aspirantado externo. Ya hoy es juniora con las Hermanas de la Virgen María del Monte Carmelo, mejor conocidas como Carmelitas de Orihuela, fundadas en 1891. Una congregación agregada a la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo con sus mismos valores fundamentales: la oración, la fraternidad y el servicio profético.  

Sus años en esta familia religiosa han incluido experiencias de formación y apostolado en Puerto Rico, República Dominicana y Haití. Actualmente, se encuentra en la comunidad que atiende al Colegio Nuestra Señora del Carmen en San Juan donde, principalmente, se desempeña como Trabajadora Social.

“La vida religiosa es un enamorarse de Dios y dejarse enamorar cada día para que ese amor llegue también a los hermanos. Para mí, lo más bello es que hay un Dios que te está escogiendo para algo que va más allá de ti […] y que se va a manifestar a través de tu vida”, expresó la religiosa de 30 años de edad en entrevista con El Visitante.

La Hna. Gabriela creció en un ambiente de fe y fue coordinadora de la Pastoral Juvenil de la Parroquia San José de la Montaña, en Lares, a la cual pertenece su familia. Un bonito detalle de su historia vocacional ha sido, no sólo el apoyo de su familia, sino también de amistades y personas no tan cercanas a quienes admiró, de una y otra forma, su decisión de dejarlo todo por una nueva misión. 

Con certeza, la Hna. Gabriela reconoce que esa misión da fruto con la oración y Eucaristía “que nos nutre para poder dar lo que el apostolado nos exige”. Y continuó: “En lo personal, la experiencia de la oración es como una sed continua de buscar en Dios todo lo que el prójimo me va a pedir”. 

Asimismo, añadió que desde la oración vive la experiencia de “saber que hay un esposo conmigo que me completa, que me da plenitud, que a pesar de que la barca se pueda zarandear hay alguien que me sostiene con su fidelidad. 

Con alegría concluyó: “me siento más Iglesia” y “comprometida para que otros conozcan a Jesús a través de mí”.

Vanessa Rolón Nieves

Para El Visitante