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El Primer Amor puede tener varias acepciones. Generalmente se relaciona con el recuerdo que deja en la memoria la idealización del primer enamoramiento lo cual puede ser agradable o frustrante. Desde la fe, ese Primer Amor es el que yo mantuve con Dios en mi llamado original a una determinada vocación. Sin embargo, mi primera experiencia de amor es el amor de Dios hacia mí: “Nosotros le amamos a Él, porque Él nos amó primero” (cfr. 1 Jn 4, 19). Fr. Timothy Radcliffe, O.P. en su texto “Promesa de vida” sugiere que, desde el principio, la historia de la salvación es la de un Dios que hace promesas. Desde entonces, por ese acto de la voluntad divina, la vida del ser humano queda constituida en una respuesta amorosa al amor que nos regala el Padre.

En las Escrituras, la única mención literal del Primer Amor se encuentra en Apocalipsis 2,4. Es un mensaje de Dios escrito a la iglesia en Éfeso por el apóstol San Juan: “Pero tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor”. Bien decía el Padre Ignacio Larrañaga: “Solo el amado, ama”. Pero, tenemos que sentirnos amados por Dios, para poder amarnos primero a nosotros mismos desde la experiencia del amor de Dios y así amar a los demás: “Amarás a tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo” (cfr. Mt 22, 34-40). Mi Primer Amor hace que mis otros amores se nutran de esa experiencia fundante: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (cfr. 1 Jn 4,8).

Existen algunos motivos por los cuales el Primer Amor se pierde o se debilita. Una causa sería el pecado ignorado que nos lleva a fallarle a Dios de una manera que, quizás, las personas no saben. Otros motivos serían las duras pruebas y los afanes de este mundo. Afortunadamente, podemos contar con la gracia de Dios que vive y nunca deja de ser; sin embargo, sí podemos cerrarnos a los efectos que ella genera como don de Dios en el creyente. La gracia actúa con la participación humana para acogerla y orientar su ser hacia un verdadero desarrollo.

La respuesta de desamor también la experimentó nuestro Señor Jesucristo, cuando se le acerca un hombre joven muy adinerado y le dice: “¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” (Mc 10, 17-27); tras escuchar la respuesta se retira porque interpreta que las exigencias del Maestro van contra sus intereses o anhelos. La preeminencia de nuestros intereses o aspiraciones personales nos separan de Dios, pero sin importar cuánto nos alejemos de Él, aún tenemos, como nos enseña el hijo pródigo, la oportunidad de regresar al primer amor: “Yavé irá delante de ti. Él estará contigo; no te dejará ni te abandonará. No temas, pues, ni te desanimes” (cfr. Dt 31,8).

No obstante, con la escucha de la Palabra de Dios podemos renovar ese Primer Amor. Inicialmente está la primera etapa que es la de recordar el origen del primer amor: “recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete” (Ap 2, 5). Frecuentemente, nos motivamos e ilusionamos en los talleres vocacionales y en el noviazgo. Desconocemos lo que nos sucederá en el camino, y con aciertos y desaciertos avanzamos y también, nos desilusionamos por acumular ensoñaciones y aspiraciones incumplidas. La Biblia nos señala de dónde Dios nos sacó para recordarnos ese Primer Amor que es diferente en cada uno. En medio de nuestras luchas y temores, Dios sigue ofreciéndose como ese Primer Amor que nos lanza hacia el futuro, confiando plenamente en su providencia, váyame mal o váyame bien: “Enséñame la senda que debo seguir, Señor. Indícame el camino por donde debo andar. ¡Guíame por medio de tu verdad, enséñame!” (Sal 25, 4-5).

La siguiente etapa para aspirar a ese Primer Amor es la obediencia. Leemos en el Evangelio según San Lucas (17, 7-10): “De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer”. Las cosas salen mal cuando comenzamos a obedecer a nuestros propios deseos y no al discernimiento constante de la voluntad de Dios en la propia vida. Esto es porque sólo nuestro Padre sabe qué es lo mejor para nosotros; si nos pide que le obedezcamos es porque conoce las consecuencias que nuestras acciones tendrán. 

El tercer paso para vivir ese Primer Amor es renunciar al pecado haciendo el bien. El mal como el bien se acercan a nuestras vidas a través de los sentidos y los deseos. Estamos llamados para vivir el bien, sin embargo, podemos optar por el mal libremente y también porque ignoramos el poder del bien. Aun así, es el Espíritu Santo quien da la sabiduría y la fuerza para resistir las tentaciones y alejarnos del pecado: “fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la prueba la salida, para que podáis soportarla” (1 Cor 10,13).

Como cuarto paso, practicar lo que hacíamos al inicio del llamado: “Arrepiéntete y vuelve a practicar las obras que hacías al principio. Si no te arrepientes, iré y quitaré de su lugar tu candelabro (Ap 2,4-7). Lo primero era recordar lo que hacíamos en el Primer Amor; ahora, es hacer y hacerlo mejor que ayer. En esta etapa uno ya conoce el camino y sabe lo que nos espera. Después, como Pedro, le decimos a Jesús: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo” (Jn 21,17). 

Finalmente, llegamos al quinto paso: “la conversión permanente” y con la parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15, 11-32) se justifica magistralmente la vuelta al Primer Amor. Este hijo disfrutaba su libertad, su herencia, todos sus bienes y lo que es, pero en medio de su situación entiende que su vida está en el Primer Amor y por eso regresa a la casa del Padre. Cuán delicioso es estar en la presencia de Dios. Sirvamos al Señor con pasión, no porque tenemos que hacerlo, sino porque queremos hacerlo como nuestra respuesta de amor al Cristo que se entrega por nosotros por amor. 

P. Víctor M. Torres Cisneros

Para El Visitante