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Otro relato de calle. Bajo el sol abrazado de la tarde, se encuentra el vendedor de flores en la luz donde el tráfico obliga a detenerse sí o sí. En sus manos propone una tradición antigua que está en peligro de extinción: demostrar afecto, importancia y un detalle con una radiante flor. Aunque las temperaturas del cambio climático amenazan, el vendedor de flores eleva con sus brazos cansados los capullos y combinaciones florales para alcanzar la visión de los conductores, muchos de ellos agobiados, acelerados y en guerra por ganar un espacio que no les va a adelantar nada. 

Solo hay que detenerse por un momento para apreciar una flor y darse cuenta de que son una manifestación increíble de la naturaleza, creación de Dios. Es cierto que esta tradición no es amenazada por la digitalización porque las flores virtuales no cuentan. Esta tradición la amenaza la insensibilidad. El vendedor es de temporada porque solo aparece de tiempo en tiempo; ahora, luego para San Valentín, luego para las madres… 

Sigue el vendedor con su gorro caminando por la línea entrecortada y recibiendo indiferencia, miradas de reojo y de aquel desesperado que parece buscar algo en las gavetas, pero, que no encuentra. Salta a la vista unos detalles casi imperceptibles. El vendedor tiene un rosario en el cuello, algo maltrecho por la intemperie. ¡Hizo una venta! La elegida fue una de sus rosas rodeada de margaritas. Luego de dar cambio de un billete grande, hecha la bendición a aquel que busca primerear a alguien. Luego, mira y señala al cielo discretamente cerrando con ojos en actitud de gratitud. Los días previos a la Navidad parecen suscitar emociones y afectos, reencuentro y momentos felices, terreno fértil que aprovecha el vendedor de flores para proponer esa “entrada triunfal”.

Hay algo de mística en la estampa porque la floración en el tapón es el recuerdo de que hay tiempo para todo, que la serenidad es la única respuesta viable y que, en medio del caos, por encima de este, se puede alzar una flor; solo para aquel que está dispuesto a verla. Al siguiente día, pude divisar una rosa rodeadas de margaritas al lado del Nacimiento con el pesebre vacío en la misa vespertina del sábado. Había una flor que se sumaba al incienso, el oro y la mirra. Todo el ofertorio estaba listo para la llegada del Niñito Dios. 

Oremos y caminemos juntos para que Dios abra nuestros corazones y comprendamos que nuestra ofrenda ante la llegada de Jesús pudiera ser nuestra oración como aquel incienso; pudiera ser nuestra caridad con actos misericordiosos para con el prójimo como aquel oro; pudiera ser nuestra conversión sincera como aquella mirra; y pudiera ser nuestra sensibilidad, entrega y detalle como aquella flor.

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

Twitter: @Enrique_LopezEV