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En la lectura del segundo Libro de Samuel, el Señor le promete al Rey David que, por serle fiel a Él y al Arca de la Alianza, Dios le concederá una descendencia real que no tendrá fin.

En su Carta a los Romanos, San Pablo nos revela que Jesucristo es el gran secreto revelado a su debido tiempo.

El hermoso pasaje del Evangelio de San Lucas no necesita ninguna introducción: la Anunciación.

Aunque el tercer domingo del Adviento es el Gaudete, el Domingo de la Alegría, el cuarto domingo es el más hermoso de los cuatro: el Domingo de la Virgen. La protagonista indiscutible es María de Nazaret, nuestra Virgencita querida. Aún en el Cuarto Domingo del Ciclo A, que nos concentramos en la figura de San José, María está en el telón de fondo. Lo que debemos destacar en este domingo es las actitudes de María que nos deben acompañar.

El Arca de la Alianza es la Caja de madera de cedro, forrada por dentro con terciopelo, que contenía las Tablas de la Ley, un bastón y un báculo. Esta Arca era la presencia viva de Dios en medio de su pueblo y era tan sagrada que aquel que la tocara moría. Esta Arca era custodiada con gran celo por el pueblo de Israel de generación en generación, desde Moisés hasta David y demás reyes de Judá hasta su desaparición con la invasión de Babilonia. Con ella se salía a batallar. David la había heredado y quería construirle un templo, pero Dios no lo dejó. Pero, esta expresión de devoción no pasó desapercibida por Dios, que lo recompensa de una descendencia tal que será eterna. Lo que Dios no le dijo a David y que se lo reservó, fue que de esa descendencia saldría el Mesías que salvará a todos los pueblos de la tierra. Este gran secreto fue revelado en la persona de Jesús, tal como lo dice San Pablo en la segunda lectura de hoy. Esta revelación es una invitación para que nosotros nos dejemos admirar por la gran revelación en Belén.

El relato de la Anunciación es un relato que nos conocemos de memoria, pero del que nunca dejamos de aprender algo nuevo. Son muchas las obras de arte que nos presentan este momento y en ellos se nos presenta a una María regia, poderosa, toda una Señora, muchas veces con un libro en la mano. A mí, la representación favorita de la Anunciación es ésta que presentamos: María, una joven inocente que, cuando más tranquila estaba en su hogar, se le aparece el Ángel Gabriel, asustándola, arrinconándose porque no sabía que era eso. Gabriel no viene poderoso (recordemos que Gabriel es el “Poder de Dios”), sino cariñoso, dulce, a sabiendas que esa Niña era superior a Él pero niña a fin de cuentas. Y con la paz que brota de Dios, le presenta el proyecto de Dios. Y, a pesar de que era una niña, María supera el miedo, escucha atenta el anuncio del Ángel. Y, después que Gabriel le despeja todas sus dudas, María contesta, valientemente, de que se va a convertir en la que nos trae el Salvador a nosotros. Esto convierte a María en la primera Discípula, en la primera Apóstol, en la primera Misionera, en la Madre de Dios.

Padre Rafael “Felo” Méndez

Para El Visitante