Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer. Y los bendijo …” (Gén1, 27-28). De esta manera sencilla nos describe la Biblia que la primera institución natural que existe es el matrimonio: unión del hombre y la mujer para poblar la Tierra y disfrutar de toda la creación divina. En el propósito original de Dios, se enfatiza que hombre y mujer, al unirse en matrimonio se hacen una sola carne. Al hablar del matrimonio, Jesús señala una característica de esa unión íntima de los cónyuges: “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mc 10, 5).

La Doctrina Social de la Iglesia afirma que el designio de Dios al crear el matrimonio no puede ser juzgado a la luz de los comportamientos de hecho, o de situaciones que se alejen de ese designio original. Por tal razón, ninguna autoridad puede legítimamente abolir la institución del matrimonio, modificar sus características o negar su dignidad. Cualquier intento de hacerlo, niega la verdad objetiva del matrimonio y es contraria al bienestar de la sociedad. La Iglesia proclama la dignidad del matrimonio, constituido en sacramento y signo del Amor de Dios, de naturaleza definitiva e indisoluble.

En la encíclica Amoris Laetitia (35), presentada por el Papa Francisco en el 2016, se hace una exhortación: “Los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano. Estaríamos privando al mundo de los valores que podemos y debemos aportar”. La legislación civil sobre el matrimonio y las tendencias sociales han introducido una serie de prácticas como el divorcio y la unión de parejas del mismo sexo que contradicen la naturaleza del matimonio. El individualismo, el imperativo de satisfacer los deseos personales, la desvinculación entre la sexualidad y la afectividad, y el rechazo al sacrificio personal, han llevado a muchas parejas a optar por las uniones de hecho, olvidando el origen del matrimonio y su verdad objetiva. Ante estas tensiones, el Papa Francisco nos propone redescubrir y renovar el verdadero sentido del matrimonio.

El matrimonio se fundamenta sobre el amor. Las características de ese amor, no pueden ser otras que aquellas descritas por San Pablo en la Primera Carta a los Corintios. Nos indica el Papa Francisco, que si nos detenemos a reflexionar sobre las expresiones de este texto, podremos realmente renovar nuestra visión sobre el matrimonio (Amoris Laetitia 90). La paciencia, el desprendimiento, la actitud de servicio, la amabilidad, la ausencia de envidia o de alarde, el desprendimiento, la paz interior, la capacidad de perdonar y de alegrarse con el bien del otro, la confianza, la esperanza y la capacidad de soportar, son actitudes que deben cultivar los matrimonios, para vencer todos los males que le amenazan. “El matrimonio es una unión afectiva, espiritual y oblativa, pero que recoge en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, aunque es capaz de subsistir aún cuando los sentimiento y la pasión se debiliten… es un signo precioso, porque cuando un hombre y una mujer celebran el Sacramento del matrimonio, Dios, por decirlo así, se refleja en ellos, imprime en ellos los propios rasgos y el carácter indeleble del amor” (Amoris Laetitia 120, 121).

Corresponde a los cristianos proclamar el Evangelio de amor que se vive en el matrimonio. El matrimonio, fundamento de la familia, es un camino de santificación, que exige una progresiva maduración de la capacidad de amar de los cónyuges. Es también un camino de realización personal y de regocijo en la comunión entre esposo y esposa. Estamos llamados a rescatar el sentido religioso del matrimonio que la sociedad actual rechaza, la forma más efectiva de hacerlo es con nuestro ejemplo.

(Nélida Hernández)

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