Hay una ritualidad maravillosa en toda la liturgia de la Palabra que vale la pena estar atento a cada detalle. No se puede negar que la sangre tiene un protagonismo especial en todos los textos.  

 

Los versos de la primera lectura (Ex 24, 3-8) tienen un contexto singular en la historia del pueblo de Israel. Ellos se comprometen a cumplir lo que Dios pide y, en una ritualidad muy emblemática, sellan su alianza con sangre derramada sobre su ara y rociada sobre sus cabezas. Decidieron permanecer fieles al Señor que les había constituido en su pueblo, que les había liberado y que les dirigía sus palabras. La sangre con aires de protagonista comunica que se sienten unidos a su Dios.

        

El salmista (Sal 115) en un tono menos dramático sugiere el levantamiento de la copa como acción de gracias y de alabanza. Es cierto que el Salmo no menciona literalmente la sangre, aunque evoca la acción del Señor. El mismo no deja fuera una ritualidad concreta: levantar, invocar, ofrecer y alabar. La copa levantada ritualmente es bendición.

  

Lo contenido en la segunda lectura (Heb 9, 11-15) pertenece al bloque donde el autor de esta epístola desarrolla el tema del sumo sacerdocio de Cristo. De ese sacerdocio no se desvincula la sangre; y no se trata de la de animales o víctimas ofrecidas en acontecimientos rituales, sino de la suya propia, también, ritualmente ofrecida. Entonces al autor no le parece que corresponda adjudicar a la sangre de los animales una cualidad de consagración, sin descubrir el protagonismo de la sangre de Cristo: es decir sangre purificadora de obras muertas.    

 

El evangelio (Mc 14, 12-16. 22-26) contiene una ritualidad que, muy particularmente, no se da en el vacío. El ministerio público de Jesús está acompañado de muchos momentos en los que la alimentación, el banquete y la mesa le sirven de oportunidad para la acogida, para el perdón y para el anuncio salvador. Su resurrección también estará seguida con momentos de compartir comida con aquellos a los que había llamado amigos. Concretamente la narración nos lleva al momento de la cena pascual allí donde el Maestro reparte el pan y le llama su cuerpo; y donde pasando la copa le llama sangre de la alianza que se derrama por todos. Si previamente había dado y compartido alimento que daba fuerza para el cuerpo, ahora se da a sí mismo en comida perdurable; si previamente, las multitudes alimentadas les sucedería como los israelitas que comieron el maná y volvieron a tener hambre, ahora quien se alimenta de su Cuerpo y de su Sangre no volverá a padecer hambre porque vivirá para siempre. Aquí en el texto el protagonismo de la sangre es, evidentemente, dar vida.             

 

La hermosa celebración de hoy se adorna con la ritualidad de la exposición, la procesión o la sola bendición con el Santísimo según sea la adaptación realizada. Esa ritualidad no es sólo un recuerdo o una conmemoración de la presencia real de Cristo en el sacramento de los sacramentos, sino que nos debe llevar a querer unirnos más a Él; como unida está la sangre a la carne. Esa unión íntima no dependerá de los metros o kilómetros caminados, sino de la participación de los fieles en la fuente de la divinización a través de los dones eucarísticos. También nos debe llevar a querer vivir genuinamente consagrados; todos los bañados en aguas sanadoras, ahora alimentados con Sangre purificadora. Esa purificación no dependerá de lo brillante de la custodia, dependerá de la genuina aceptación de su entrega como una redentora. Por último, nos debe llevar a una experiencia de vida. Vida que no dependerá de las hermosas flores que adornen la ocasión (tristemente mañana no tendrán el mismo esplendor), dependerá de la alimentación frecuente en su banquete fraternal -comunión con Dios- y de la inserción en la comunidad -comunión con el servicio y la caridad-.         

 

P. Ovidio Pérez Pérez 

Para El Visitante 

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