En medio del bullicio de Río Piedras y la vida pastoral que exige entrega constante, encontramos a Fray Roberto Colón Ortiz, fraile capuchino y actual párroco de San Antonio de Padua. A sus treinta y tantos años ya carga con una trayectoria rica en experiencias espirituales y desafíos que reflejan la esencia de la fraternidad franciscana. Su historia es la de un joven que supo escuchar la voz de Dios en la vida cotidiana y convertirla en misión.
Infancia marcada por la fe
Desde pequeño creció en ambiente parroquial. Sus padres, activos en la comunidad, sembraron en él la semilla del compromiso con la Iglesia. “Yo empecé a trabajar en la iglesia desde bebé”, recuerda entre risas, evocando cómo a los pocos meses ya era parte del pesebre como Niño Jesús. Su padre fue monaguillo, su abuela cercana a los sacerdotes, y él mismo se formó en un hogar impregnado de fe.
La vocación fue germinando con naturalidad. A los cuatro o cinco años pedía regalos poco comunes: una Biblia, un cuadro del Divino Niño, un misal. Jugaba a celebrar misa en casa con muñecos y papitas de leche. Sin embargo, como muchos adolescentes, atravesó etapas de distracción y dudas. Fue en la universidad, participando en grupos juveniles, que el llamado volvió a resonar con fuerza.
El camino hacia los capuchinos
Su discernimiento comenzó en la diócesis, incluso inició procesos en el seminario, pero los frailes capuchinos se cruzaron en su camino. Un retiro vocacional fue decisivo. “No fue amor a primera vista, pero Dios fue abriendo puertas”. Aunque mantenía diálogo con sacerdotes diocesanos, sintió que la vida comunitaria respondía mejor a sus inquietudes. La fraternidad capuchina lo acogió, iniciando una aventura que ya supera la década.
De “benjamín” a referente
Ingresó a la formación a los 23 años, cuando el fraile más cercano le llevaba casi diez. “Eso me ayudó a convivir con diferentes generaciones”, explica. Hoy, tras cinco años de ordenado y doce de vida religiosa, jóvenes que llegan después lo miran como referente.
La fraternidad, insiste, distingue la vida capuchina: “Nosotros no llegamos a casa solos después de un día largo; siempre hay un hermano que te pregunta cómo estás”. Esa experiencia lo fortalece en su misión pastoral.
Recuerdos de sus maestros
Su formación estuvo marcada por Fray Mario Mastrangelo, reconocido en Puerto Rico por su servicio. Compartió con él más de una década, incluso en su deterioro físico. “Otros disfrutaron de su carne y yo de sus huesos”, dice con ternura. Aprendió de él la importancia de acompañar y mantener la alegría en el servicio.
También guarda la memoria de su ordenación sacerdotal, presidida por el cardenal capuchino Sean O’Malley, a quien describe como cercano y fraterno. Ese día confirmó que su camino estaba enraizado en la espiritualidad capuchina.
Los retos de un párroco joven
Poco después de ordenado fue designado vicario y luego párroco en San Antonio de Padua. Tenía apenas 33 años. Dirigir una comunidad grande, con colegio parroquial y en un contexto de pobreza y migración, fue desafiante.
“Al principio fue difícil. La gente me veía como un nene. Tuve que aprender a ejercer autoridad sin ser autoritario”, confiesa. Con el tiempo la comunidad lo acogió y sus propuestas florecieron. Hoy reconoce que ha disfrutado cada reto, convencido de que la clave está en la cercanía y el testimonio.
Estudiar, viajar y seguir aprendiendo
Pese a sus responsabilidades, nunca perdió la inquietud intelectual. La pandemia le permitió tomar cursos en línea y luego participar en la Escuela Superior de Estudios Franciscanos en Madrid. Allí profundizó en la espiritualidad de San Francisco y Santa Clara, convivió con frailes y clarisas de distintos países y vivió un ambiente de renovación académica y espiritual.
Su estadía coincidió con el Jubileo de la Esperanza y peregrinaciones a Asís, Roma y Lourdes. Estas experiencias le recordaron que la fe de los jóvenes sigue viva. “La santidad es posible, también en medio del mundo digital”, subraya, mencionando con entusiasmo la figura de Carlo Acutis.
Mirada al futuro
De regreso en Puerto Rico mantiene metas claras: ser hermano y testimonio de fraternidad. Sueña con proyectos pastorales innovadores, actividades juveniles, conciertos, festivales y espacios donde la fe se viva cotidianamente. “Lo importante es que la gente ame a Cristo”, asegura.
Su mensaje a los jóvenes es simple: no tienen que renunciar a sus pasiones o deportes para vivir la fe; basta con dar testimonio en medio de sus ambientes. Él mismo lo vive, convencido de que ser fraile capuchino es, ante todo, ser hermano para todos.



