El 7 de septiembre, la Iglesia celebró un acontecimiento histórico: la canonización de Carlo Acutis, el joven italiano que, en apenas 15 años de vida, dejó un legado espiritual que hoy inspira a millones de personas en todo el mundo. Para muchos, Carlo es ya el “patrono de internet” por su habilidad de utilizar la tecnología para evangelizar, pero limitar su figura a la juventud sería un error. Sus enseñanzas van más allá de una edad o de una generación, porque en su vida resplandece una verdad que interpela a todos: la santidad es posible en el mundo moderno.
Con frecuencia los adultos miramos a los santos como figuras lejanas, hombres y mujeres de otros tiempos, cuyas experiencias parecen poco aplicables a nuestra cotidianidad. Sin embargo, Carlo Acutis rompe ese paradigma. En una época marcada por la prisa, el individualismo y el vacío que tantas veces dejan las redes sociales, este joven supo demostrar que se puede vivir en el corazón del mundo sin dejar de tener el corazón en Dios. Y esa es una lección no solo para los jóvenes que buscan referentes, sino también para nosotros, los adultos que a veces hemos renunciado a la posibilidad de la santidad pensando que no es alcanzable en nuestra vida diaria.
Carlo tenía claro que su misión era “estar siempre unido a Jesús”, y desde esa certeza supo integrar la fe en cada aspecto de su vida, desde sus estudios hasta su pasión por la informática. Nosotros, los padres, estamos llamados a conocer su vida no como un dato anecdótico, sino como un deber. Si queremos mostrarles a nuestros hijos que la santidad es real, tangible y posible, debemos empezar por apropiarnos nosotros de esos ejemplos. Carlo nos recuerda que la fe no se transmite solo con palabras, sino sobre todo con coherencia de vida, y que ser cristiano hoy no significa estar apartado del mundo, sino saber habitarlo con la luz del Evangelio.
Es también inevitable, en este contexto, pensar en nuestro Beato Carlos Manuel Rodríguez, aquel joven laico puertorriqueño que con su testimonio y su pasión por la liturgia dejó una huella imborrable en la Iglesia. Al igual que Carlo Acutis, vivió adelantado a su tiempo, comprendiendo dimensiones de la fe que solo años después serían plenamente valoradas. Carlos Manuel supo anticipar la centralidad de la liturgia y de la participación de los laicos, mucho antes del Concilio Vaticano II. Del mismo modo, Acutis intuyó que internet no era solo un espacio de entretenimiento, sino un terreno fértil para la evangelización.
Ambos, en su juventud y en su sencillez, nos muestran que la santidad no es cuestión de edad ni de época, sino de fidelidad a Dios en lo ordinario. Mientras Carlos Manuel iluminó la vida de Puerto Rico en la primera mitad del siglo XX, Carlo Acutis lo hace hoy en un mundo globalizado y digital. Los dos nos enseñan que los santos no son reliquias del pasado, sino contemporáneos que nos marcan el camino.
Por eso, cuando celebremos la canonización de Carlo Acutis, no pensemos que es una fiesta solo para los jóvenes. Es una interpelación para todos nosotros, un llamado a preguntarnos: ¿estamos dispuestos a dejarnos transformar por Cristo en medio de nuestras ocupaciones y responsabilidades?



