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Estoy bien como estoy. ¿Para qué añadir más problemas? El matrimonio es un mal negocio, entiéndeme. Es llegar el lunes al trabajo con la cara más afligida que la dejé el viernes. ¿Qué tal lo pasaste, amigo? Genial; ¡paseé con los hijos en el parque! Y decir esto con la cara fingiendo alegría. ¿Casarme? El matrimonio es la tumba del amor. Mis padres se casaron para que arbitrase sus peleas. No peleen, por favor, seré bueno… Además, yo no quiero problemas legales, demandas, todo lo que supone tener un estatus legal. Yo le gusto y ella gusta; ¡para qué buscar más!  Como quiera en algún momento me cansaré y me divorciaré. No quiero que me persigan problemas económicos de pensión, peleas en la corte. ¿Para qué más líos que los normales? Y hasta ahora pocos matrimonios he encontrado que sean verdaderamente felices. Las mujeres pierden enseguida su figura agradable y se convierten en rollizas matronas italianas

Bueno, si dejo seguir hablando a este desgraciado de la vida, pues no acabamos.  Todas las tareas por ser humanas conllevan alzas y bajas, alegrías y frustraciones, días de tormenta invernal y soles claros de verano que te empujan a la playa. Si para tomar decisiones humanas buscas siempre el éxito, vete al paraíso, si es que te dejan entrar. El acierto consiste en encontrarle dulzura a lo amargo; vivir los momentos duros como eso, solo momentos, no perpetuidad como la cárcel de los grandes criminales. No hay mal que dure cien años, reza el refrán, ni cuerpo que lo resista. Es verdad. ¿Pero será eso lo único que ofrece el matrimonio como institución estable, con objetivos sublimes y poco a poco alcanzables?

A la verdad, si en las decisiones humanas soñamos con mantener un éxito perpetuo, mejor es que halemos la cadena diciendo como la caricatura “adiós, mundo cruel”. Nuestra mirada sobre el matrimonio como institución puede ser romántica, pero también realista, vivida con los pies en la tierra. Y fundamentada en lo maravilloso que se puede lograr, no en los peligros para lograrlo. Si entras en el maratón de San Blas pensando solo en lo duro de tatos kilómetros, mejor no entres. Se entra con la esperanza del triunfo, de la fama, que también son posibles, o intercambiables por otros logros.

Así se debe entrar en el matrimonio. Primero, con una razón fuerte, como techo bien reforzado que resiste el terremoto. Nadie puede emprender una acción difícil si no le emociona una razón profunda. Nadie puede permanecer en un trabajo ignorando el objetivo, sin razón para emprenderlo. Es ese el punto principal y el más fuerte para los que vemos el matrimonio oficial no solo como un logro de mis instintos o deseos profundos de felicidad, sino como una misión divina. Mi creador me ofrece aquí la oportunidad de construir con Él este mundo construyendo familia, amor vivido de forma realista. Incluso entrar sabiendo que hay sacrificios que merecen la pena porque tienen sentido, y tienen logros, aunque no sean los que el mero egoísmo anhelo.

Misión es palabra solemne. Los antiguos cruzados, aunque ciertamente no todos, empuñaron la espada para reconquistar la Tierra Santa con ese propósito: ¡Dios lo quiere! Y si el Todopoderoso lo quiere, no se pregunta más.

P. Jorge Ambert Rivera, SJ

Para El Visitante

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