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La canción de amor es de Arjona. “Tú me dices, yo te digo, y así empieza nuestra guerra cotidiana”. Pinta esa situación tan intensamente humana como convertir nuestras reales diferencias en pelea sin espadas, pero con una lengua afilada. Decimos que todo el mundo tiene derecho a su día neurótico. Mas lo terrible es que esa neurosis sea la manera continua de relación matrimonial. El triste resultado sería el desamor, la desilusión, el terminar convirtiendo en realidad la chistosa frase: “el matrimonio es la única guerra en que se duerme con el enemigo”.  Desastre es en todos los sentidos el que llegues a considerar a tu pareja como un enemigo. Se estaría perdiendo lo más nuclear en esa relación: el ver en esa persona la mejor amistad que he podido conseguir. Porque cuando otros atractivos o goces de la relación se mitiguen por el deterioro, sobre todo, de la salud, lo que resta profundo es ver al otro como amigo.

Desde luego, si alguien convierte sus desacuerdos en gritos desaforados, epítetos ofensivos contra la otra, el problema ya es serio. Es no solo para pedir perdón y excusarse por los exabruptos, sino para cuestionarse uno que la modificación de esa conducta es necesidad capital. ¡Porque se estaría perdiendo un diamante apreciado! Hay que comprender, entonces, que ‘el disentir no es desamar’. Es la disensión que conduce al ring de boxeo: ‘Y te apunto donde duele y te acuerdo el peor de tus pecados, tú reviras la ofensiva y disparas donde sabes que haces daño’.

La situación se torna en totalmente estéril. Aunque ganes la discusión, porque vociferas más, la pérdida es lamentable. “Y en el campo de batalla quedan muertos los minutos que perdemos”.  Triste pérdida, cuando la reflexión debe ser otra, lo que pierdes: “Porque hablamos y no usamos ese tiempo en darnos besos, en pintarnos con las manos las caricias que queremos y que no nos damos porque siempre hablamos de lo tuyo y de lo mío”. Y lo más triste que se pierde: el respeto, la admiración, la percepción de que la riqueza que realmente posee esa persona se me ha regalado en totalidad por el compromiso a compartir vida. Eso fue lo que juramos ante Dios, y ante la comunidad que nos acompañó el precioso día de la alianza de amor. “Y el fantasma de la duda se abre paso en la frontera del futuro, y el presente moribundo se consuela con lo poco que nos queda”.

No solo se ha perdido el tiempo inútilmente, sino creando una cortina en que más es lo que se pierde que las victorias o campeonatos que podamos ganar. Y todo “mientras muere otro minuto porque hablamos”. Porque hablamos mal y de más. ¿Qué hacer en esos momentos en que uno de los dos cae en la cuenta primero de que estamos perdiendo la tabla? Tal vez, como medida aceptada anteriormente por ambos, que quien se dé cuenta primero de que vamos a explotar, le haga una señal anteriormente convenida para que ambos detengan la conversación. Es como la señal de time out que se pide en basquetbol. No es mandar a callar a otro. Eso es falta de respeto.  Es recordarle lo convenido. Tal vez falle al comienzo. Será entonces la ocasión, en otro momento de reconciliación y paz, de recordar entre ambos lo convenido para una próxima ocasión. Hay quien decía que salía de la casa a pasear y, al regresar, tiraba dentro el sombrero. Si se le devolvía, debía seguir caminando fuera. Señal de que, como dice el español, ‘no estaba el horno para bollos’. Gracioso, tal vez, pero hay que idear ardides entre ambos. Porque lo que no se puede tolerar es el convertir nuestra vida juntos en una pelea de gallos, donde solo puede quedar un gallo vencedor entre gallinas. En otra situación decimos; ‘todito te lo consiento menos mentar a mi madre’, diríamos aquí lo mismo ‘todo lo consiento menos que perdamos la tabla’.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante